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Las palabras nos poseen a nosotros y no al revés, así que cuidado con ellas Sábado, 21 de Septiembre de 2019 00:00 a.m.

San Antonio, Tx. (Otra vez).- ¿Te das cuenta cómo una palabra llama a otra y un pensamiento engendra a uno más? Hace muchos años, en un viaje, me animé a decirle a la persona que me acompañaba, que no se sintiera obligado a llenar los silencios con palabras. Me tomó como un grosero y un irreverente, pero en ese entonces y más ahora, creo que no fui así, porque de pronto, un silencio es la mejor respuesta a palabras ensartadas una tras otra sin sentido, o con poca dosis de éste.

Sin embargo, a veces no puedo resistir la tentación de hacer uso de la palabra, como para prescribirle cual receta médica a uno cosas como ésta: "La pendejez no es gripe; ni pienses que se quita con una pastilla, por más que la compres en Walgreen o en CVS´´.

Sólo que aquí quiero hacer una acotación: de pronto nos topamos con personas que suponen que nos regalan su silencio y creen que son el mismito silencio de dios encarnado en ellos.

Un día le dije a alguien: "Está bien que seas callado, pero no abuses, pareces estar en estado catatónico". "Irreverente", de nuevo, fue su elegante respuesta. Es que ese amigo es de los santones de la IP, además, ministro de la eucaristía en Fátima y, por ende, muy correcto en su hablar y proceder.

Perdón por la digresión, pero no resisto la tentación de platicarles la siguiente anécdota que me sucedió con el mismo amigo: Un día que fui con mi Gaby a una misa de cuerpo presente –¿así se dice cuando el que preside la asamblea es un ataúd?– llegamos tarde, y lo encontramos sentado hasta atrás... o sea, en las últimas hileras de sillas del templo, siendo que él es de los que siempre coge la primera fila.

Entonces le dije, como quien no quiere la cosa: "Oye, ¿qué se siente estar tan lejos de dios?".

Me endilgó otro "irreverente", un poquito menos elegante que el anterior, porque creo que lo aderezó con algo que sonó a "sacrílego" o "blasfemo" o algo así.

Entonces, igual que en la lectura, la palabra se vuelve detestable cuando se profiere fuera de contexto, o cuando quien la usa quiere oírse a sí mismo. Y dentro de este contexto, cómo me aburren los que por leer nos endilgan arrogantemente la espuma de lo que saben. Ellos minusvaloran a los que a duras penas toman un libro en sus manos.

¿Sabes por qué cuando dos que se ven por primera vez y chocan sus manos, a los pocos minutos le pregunta uno al otro, "cómo dijiste que te llamas? Es que cuando saludamos a otro, el único nombre que recordamos es el de uno mismo y el del otro ni lo escuchamos, sólo el nuestro. 

En su andar, en su forma de caminar, se me hace que la gente habla. No tiene qué mostrar su acento para saber o al menos apostar, de dónde es.

Me gusta adivinar de dónde viene y a dónde va la gente cuando la veo caminar. Me gusta asomarme a sus detalles para saber qué idioma habla. ¿Qué de misterios envuelven sus pensamientos cuando absorta la gente mira... sin ver?

Por sus colores, de pronto me da por intuir su edad.

Y me entretengo, y me subo a la nube de los pensamientos de quienes se rozan conmigo en las escaleras o en el elevador de un edificio o en la calle misma.

Por su atuendo, me da por jugar a saber de qué país la gente es y, a veces, hasta de qué provincia o estado.

En las terminales de trenes o autobuses y en los aeropuertos, me extasío viendo las pantallas con los nombres del sinfín de ciudades de donde vienen y a donde van tantas personas.

No pierdo tiempo, para nada, cuando me paro frente a una puerta de llegadas para ver cómo los unos reciben a quienes esperan. Los abrazos, los besos, las miradas que se cruzan, todo esto es un deleite para mis sentidos.

Es fascinante ver las caras de tanta gente y saber que nunca más las volveré a ver.

De pronto, no deja de sorprenderme cuando, al cruzar unas cuantas palabras con alguien, al quejarse o dolerse de algo que le acaba de ocurrir, comienza como a encorvarse y a hablar ancianamente... siendo que tiene apenas unos 30 y tantos o poquito menos, como 50, parodiando al inefable de Peña Nieto.

Ese es el poder que tienen las palabras; no las poseemos; ellas nos poseen a nosotros y hablando de eso, qué tal las siguientes reflexiones que se me ocurrieron mientras escribía este artículo:

En un aeropuerto lleno de pasajeros de vuelos cancelados, nadie comparte la soledad. Cada quien vive la suya propia.

El ser humano es un ser herido, arrojado a la inhóspita intemperie.

No vive en el presente; recoge el pasado y lo proyecta al futuro.

Y si de pronto me voy, más que no querer estar, es porque tu caminar te aleja de donde estoy. 

Y pues hoy por la lluvia en éstos lejanos lares, me quedo en cama escalando sueños. Ganó la prudencia, la partida, y seguro vas a estar en uno de ellos.

Anoche, cuando dejó de llover y los cielos se despejaron, vi delgada y liviana a la Luna posándose; de pronto se posó sobre una nube extraviada, adelantándosele altiva a la noche ¿Quién dijo que sólo llena es bella?

CAJÓN DE SASTRE

"Qué bueno que hoy no escribiste de política; ahí cuando quieras", me dice la irreverente de mi Gaby.

placido.garza@gmail.com

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