icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
La última balmoreadaDomingo, 26 de Junio de 2016 00:39 a.m.
Si la voz “balmoreada” te es desconocida, no pierdas tiempo buscándola en el diccionario, porque ahí no está. El sitio de esta palabra está en el México de los años veinte y atada a la historia de una mujer que supo, a su manera, sorprender a una sociedad todavía aturdida por el conflicto armado que en esos años agonizaba.

Conchita Jurado nació en 1865, en el seno de una familia acomodada. El México porfirista la vio crecer como actriz. Cuando los vientos de la Revolución Mexicana se disiparon, siendo ya una mujer madura, misteriosos impulsos la llevaron a  idear una extravagante forma de diversión. En complicidad con varios intelectuales de la época, hicieron pesadas bromas a importantes personajes de la época.

Conchita, aprovechando sus dotes histriónicas, disfrazada de hombre encarnaba a Carlos Balmori,  personaje ficticio que se presentaba como un millonario español ante sus víctimas. Les hacía creer que si quebrantaban sus convicciones morales, políticas o religiosas; o si efectuaban acciones peligrosas o ridículas, les donaría parte de  su cuantiosa –pero inexistente– fortuna.

Cuando lograba su objetivo, entonces se quitaba peluca y bigote y se presentaba como Conchita Jurado, poniendo al descubierto la broma. Lo curioso es que, el embromado, lejos de enfadarse se unía a la celebración y se prestaba para proponer a una nueva víctima. Así, hubo damas que dejaron a sus novios, políticos que accedieron a cambiar de partido, militares dispuestos a desertar, etc. Todos, seducidos por una fortuna imaginaria.

A estas célebres bromas de Conchita Jurado o Carlos Balmori, que para el caso es lo mismo, se las llamó “balmoreadas”.

Conchita Jurado murió en 1931. Quienes la conocieron nunca la olvidaron y, en 1960, el doctor Luis Cervantes, que en las balmoreadas personificaba al secretario de Carlos Balmori, citó al escritor Armando  Jiménez –el autor de Picardía mexicana– para proponerle que publicara las memorias de la dama. Jiménez se resistió, pero cuando a cambio le ofrecieron un rancho, lo volvió a pensar. Así lo contó el propio Armando:

“No iba yo a ser ‘‘puerquito’’ (así le nombraban Conchita Jurado y sus secuaces a la víctima en turno de las balmoreadas). Corroboré con los vecinos que el doctor Luis Cervantes era el verdadero dueño del rancho y que la persona con la que yo había estado tratando se llamaba así y no era un impostor. También, que la propiedad no tenía hipoteca ni estaba en litigio.

Al fin nos reunimos para formalizar el contrato redactado por el notario. Todo se veía bien, así que lo aprobamos el doctor y yo. Antes de firmar, leí en voz alta el texto relativo al traslado de dominio del inmueble. ¿Será posible incluir de una vez, ajuar y animales del rancho? –pregunté–. En estos casos conviene olvidar la vergüenza, me dije a mí mismo. El pródigo donante (¡Dios le conceda la Gloria Eterna!), accedió. Fue anotado ese añadido y firmamos los tres. La emoción me embargaba. Ya era rico y  podría dedicarme sin preocupaciones a la literatura o a rascarme los…

De pronto –¡Ay!– irrumpieron en la sala el caricaturista Ernesto García Cabral, con su jeta de chango; ‘‘El Tlacuache’’ César Garizurieta, el grabador Francisco Díaz de León y tres personas más, burlándose con estrepitosas carcajadas de mi ambición. El notario se quitó anteojos, bigotes y patillas, ¡resultó ser el charro Leovigildo Islas Escárcega! Y para completar, la secretaria se arrancó peluca y anteojos: ¡no era sino la pintora y poetisa Aurora Reyes! Entonces comprendí mi necedad.

¿Cómo me dejé engañar, estando enterado por las memorias de cuanta broma hicieron el doctor (¡que el diablo lo conserve en fuego manso!), Concepción Jurado y sus compinches? De la suculenta cena apenas probé bocado; ofrecí disculpas y me acosté temprano. Toda la noche hubo risotadas en la sala, mientras yo me levantaba de la cama media docena de veces para visitar el excusado”.

Balmoreada es voz que tenía todo para perpetuarse, pero tan atada quedó a Conchita Jurado (Carlos Balmori), que al desvanecerse el recuerdo de la dama, se convirtió en palabra olvidada.
OpenA