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La soberbia que nos habita Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 29 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

El Covid nos ha quitado de todo, nos ha quitado empatías y certidumbres, ha reventado las seguridades, las armonías, ha desenmascarado a los falsos profetas de la cultura, ha expuesto nuestra miseria; nos ha quitado de todo menos la soberbia. Y es que nos cuesta aceptar que siempre hemos sido arrogantes, que profesamos un gran amor por la ignorancia, nos ha costado entender que somos sólo una mínima parte de un universo cargado de potencia.

Hoy el mundo suena como el instante anterior a la catástrofe. Una catástrofe que permitimos, que inició hace mucho, cuando despreciamos el poder del pensamiento, de aquello que denuncia los males que nos autoprovocamos. Estábamos demasiado satisfechos, demasiado confiados; establecimos sistemas para medirlo todo, para sentirnos dueños del mundo, para arrasarlo, para delirar eternidad. El Covid nos ha demostrado que cualquier eternidad es ficticia, que nuestra fragilidad es lo que nos define. Viene este virus y nos arrasa; todo lo demás queda en ridículo: la ciencia, las leyes, las iglesias, las economías. Este virus nos recuerda que somos más vulnerables de lo que pensamos, que somos una especie desquiciada, tan ansiosos de grandeza que medimos el arte, el intelecto, la pobreza, la duración del colibrí, el ritmo de las balas, todo lo medimos, todo en la más infecta de las soberbias. De pronto aparece esto y lo único que nos queda es refugiarnos en la tecnología, sólo para descubrir que también la diosa tecnología nos traiciona, nos hunde y nos asfixia.

Hoy estamos inmóviles sobre la duna de un desierto, viendo al mar Muerto del siglo, tratando de dilucidar de dónde viene la falla que lo arrasa todo, que todo lo infecta. Pues viene de la soberbia, de la increíble soberbia de pensarnos dignos de controlar la tierra sagrada que nos acoge.

Cada cierto tiempo algo nos arrasa, generalmente eso que nos devasta es una expresión pervertida de nosotros mismos, quizá honesta, demasiado honesta, tanto que nos resulta insoportable. Llámese guerra, o inquisición, o ideologías de muerte; en fin, todo aquello que pretende colocarse como sucedáneo de la vida. Esto nos fuerza a explorar nuestra ridiculez milenaria, por eso nos volvemos soberbios. En el fondo sabemos que somos sumamente ignorantes, nuestra ignorancia se ha transformado en arrogancia y ésta no ha tenido límites. De tal manera que los episodios de la humanidad están plagados de oscuridades, matamos, herimos al otro cuando alguien acepta valientemente la dignidad de su absurdo; entonces nos mostramos en toda nuestra saña y construimos una imagen que se vuelve un dios, un dios de barro que caerá en pedazos ante la primera lluvia. Somos lobos hambrientos, nos gusta la sangre, pero lobos enfermos, soberbios, lobos rumiantes, malhechos.

Nos queda la sensibilidad y no mucho más; es decir, escuchar humildemente el sonido vivificante y vital de lo inenarrable, del caos, aceptar su potencia, acercarnos al vacío, ese vacío milagroso que es capaz de reventar nuestras pocas y pobres resistencias. Así, en esa estampida de verdad, tal vez encontraremos cierta serenidad, cierta templanza, la templanza de quien acepta el tamaño de su fragilidad y la sabiduría que no se compra, esa sabiduría que se lanza desde lo elemental que nos enseña a resistir, verdaderamente a resistir en la autenticidad que se conquista desde la crisis.

Mientras tanto, dejemos que la soberbia que nos habita se extinga en su propio ensueño.

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