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La resurrección de una palabraDomingo, 12 de Junio de 2016 02:02 a.m.
Hay un lugar apartado donde reposan las palabras muertas, lo llaman el rincón de los arcaísmos. Ahí yacen las palabras desechadas, aquellas cuyo epitafio se guarda en viejos diccionarios. Son la memoria fosilizada de objetos que ya no existen, de ideas abandonadas.

Como toda muerte, la de las palabras también suele ser irreversible, pero una de ellas, rompió el patrón y volvió a la vida. Esta es su historia:

Entre las palabras árabes que llegaron a la Península Ibérica, sáfat nombraba a un cestillo que usaban las mujeres para poner sus perfumes y objetos para su arreglo personal. Con el paso del tiempo, la palabra se hizo castellana, pero con la forma: azafate. En 1726, el Diccionario de Autoridades lo definía como:

“Azafate: Un género de canastillo llano texido de mimbres, levantados en la circunferencia en forma de enrejados quatro dedos de la misma labor. También se hace de paja, oro, plata y charol, en la forma y hechura referida”.

Alguien, de quien ya no se guarda memoria, pensó que azafata era buena palabra para nombrar a las damas que, en un azafate, llevaban las vestimentas y alhajas de la reina. La definición de esta voz, así se leía en el Diccionario de Autoridades (1726):

“Azafata: Oficio de la Casa Real, que sirve una viuda noble, la cual guarda y tiene en su poder las alhajas y vestidos de la Reina, y entra a despertarla con la Camarera mayor, y una señora de honor, llevando en un azafate el vestido y demás cosas que se ha de poner la Reina, las cuales va dando a la Camarera mayor, que es quien las sirve. Llámase azafata por el azafate que lleva y tiene en las manos mientras se viste la Reina”.

Durante siglos, reinas se fueron y reinas vinieron, y las azafatas seguían ahí vistiéndolas con su azafate en las manos. Llegó el tiempo en que los vientos de la democracia empezaron a soplar y las familias reales se fueron desvaneciendo, en muchos casos desapareciendo y, en otros, despojándose de rancios esplendores. Las azafatas ya no fueron requeridas y también tuvieron que desaparecer. Así la palabra que las nombraba de pronto se encontró “desempleada”. Entonces fue cuando, muy a su pesar, hubo de retirarse al “rincón de los arcaísmos” y ahí esperar la muerte.

La suerte de azafata, cambió un día del año 1936 cuando César Gómez Lucía, ejecutivo de una línea aérea española, al ver a las damas que con charola en mano atendían a los pasajeros en los aviones, recordó la vieja historia y las llamó azafatas. Así fue como volvió a la vida esta palabra, adaptándose a las nuevas circunstancias.

Hoy azafata ha dejado el rincón de los arcaísmos; con renovados bríos y revestida de un nuevo significado, ha vuelto a ser parte del ejército de palabras activas, listas para acudir al llamado de quien busca dar cuerpo a una idea para decirla o escribirla. Sin duda, un buen ejemplo de que la renovación puede salvarnos del olvido.
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