icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
La necedad mayoritista Por: Fernando Núñez de la Garza Evia Plaza CívicaMartes, 21 de Abril de 2020 02:00 a.m.

El presidente de la República parece creer que el éxito de su gobierno descansa en el número de votos o en su popularidad popular. Lo anterior es a lo que la revista británica The Economist ha denominado “majoritarianism”, traducido al español como “mayoritismo”, y al cual define de la siguiente manera: “el credo de un grupo en expansión de gobernantes elegidos pero autocráticos en todo el mundo, que sostiene que el poder electoral siempre te hace tener la razón”. Este concepto resulta fundamental tanto para entender la idea que tiene López Obrador de la democracia como para analizar sus crecientes errores políticos.

Durante gran parte de la Edad Media europea existieron instituciones que representaron los intereses de los diversos estamentos que componían al Estado: entre los más característicos se encontraron las Cortes españolas, los Estados Generales franceses y el Parlamento inglés. Estos se componían de intereses tan diversos como aquellos de la clase aristocrática, el poder clerical y los gremios de artesanos, entre otros. Dichas instituciones resultaron fundamentales porque representaban un contrapeso al poder monárquico y fueron en gran parte responsables de que no se desarrollasen monarquías absolutas como aquellas nacidas en Rusia o China, países que hasta hoy en día representan las dos grandes autocracias mundiales.

Durante el S. XIX todo lo anterior comenzó a cambiar. Los llamados “antiguos regímenes” comenzaron a tambalearse ante la llegada de la Ilustración y la Revolución Industrial: la primera propugnando las ideas de la separación Estado-Iglesia, la soberanía popular y la primacía del individuo; la segunda al provocar el movimiento masivo del campo a las ciudades, la consolidación de la clase burguesa y el nacimiento de la clase obrera. Entonces el gran debate político en Europa giraría en torno a qué sobreviviría del pasado y qué se incorporaría del presente, y como parte de este debate se encontraría el tema de la democracia y la representación. Los revolucionarios ilustrados apoyaban la idea de una demolición absoluta del pasado y la implementación de un radicalismo igualitario.

Esto implicaba terminar con los diversos sectores sociales -los estamentos medievales- para ser sustituidos por la simple fórmula de “una cabeza, un voto”. Ante ello, el gran parlamentario británico Edmund Burke defendió lo que denominó los “pequeños pelotones”, argumentando que daban voz a los distintos intereses sociales y representaban la mejor defensa de la libertad al contrapesarse entre ellos para ninguno se impusiese al resto, así como para contrapesar al creciente poder del Estado.

Finalmente, tanto radicales como retrógradas cedieron, llegándose a un punto medio: una democracia popular acompañada de sectores sociales. Es decir, una democracia-liberal. Y precisamente esta complejidad es lo que no parece entender AMLO, con sus nocivas consecuencias.

The Economist continúa con su explicación del llamado “mayoritismo”, el cual vale la pena citar extensamente: “La diferencia entre el mayoritismo tonto y la democracia reside en las cabezas de los poderosos. Los demócratas entienden que la minoría (o, a menudo, la mayoría) que no votaron por ellos son tanto ciudadanos de su país como los que sí lo hicieron, y tienen derecho a una audiencia respetuosa; y que el trabajo de un líder es deliberar y actuar en función de los intereses nacionales, no solo los de sus partidarios.”

Este mayoritismo ha quedado al desnudo en el presidente ante la presente crisis sanitaria y económica derivadas del coronavirus. En primer lugar, porque ha quedado claro que sus bases populares son lo único que le interesan, a las cuales se refiere como “los pobres” (muchos mexicanos pobres no votaron por él, y muchos mexicanos no-pobres votaron por él). En segundo lugar, porque esos sectores de la sociedad, esos “pequeños pelotones”, esos contrapesos informales de toda democracia-liberal han sido completamente ignorados. Y entonces, el país no funciona.

Los Estados-nación con democracias-liberales son estructuras altamente complejas, irreductibles a la simpleza mayoritista. La nación se compone tanto de individuos como de sectores, y el arte de gobernar implica compromiso. Eso no lo veremos durante la presente administración, y mientras tanto, se acerca la peor crisis sanitaria y económica nacional en décadas.

OpenA