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La Navidad de HändelDomingo, 21 de Diciembre de 2014 01:04 a.m.
¡A-leluya! ¡A-leluya...! Seguramente todos hemos oído al menos un fragmento de “El Mesías”, la inmortal obra de Händel. La que no es tan conocida es la cautivadora historia que envuelve la creación de este oratorio. Con detalle la cuenta, en muchas líneas, Stefan Zweig en un capítulo de “Momentos estelares de la humanidad”, libro que se publicó en 1927. Yo la contaré aquí, en unas cuantas palabras.

Para 1737 Georg Friedrich Händel ya se había posicionado como uno de los grandes músicos de la época. Pero el 13 de abril de ese año un inesperado derrame cerebral –o apoplejía, como la llamaban antes– parecía marcar el punto final de su fructífera carrera. Con la mitad de su cuerpo paralizado, postrado en cama y con sus facultades mentales severamente disminuidas, el pronóstico no era nada alentador. Se cuenta que su médico solo atinó a decir: “Tal vez podamos conservar al hombre,
pero al músico lo hemos perdido”.

Sin poder hacer mucho, el doctor sugirió a Händel que pasara una temporada en los balnearios de Aquisgrán, un remedio de moda en esa época para muchos males. Serían las aguas termales o sería un milagro, el caso es que el compositor se recuperó por completo. Cuando volvió a Londres, se encontró con su asombrado médico, al que le dijo: “Hola, doctor. He vuelto del Hades (mundo de los muertos)”. Así, Händel volvió a la vida, pero a una vida que lo recibió de mala manera. Una profunda crisis económica asoló Inglaterra y le fue muy difícil vender su trabajo. Pronto las deudas y los acreedores se convirtieron en una pesadilla. Arruinado y deprimido, se convirtió en una persona huraña y taciturna; se le veía triste, ojeroso, cansado y sin ilusiones. Había perdido todo interés en seguir componiendo música.

Un día recibió una carta de Charles Jennes, un destacado poeta que le pedía que compusiera una ópera para el texto que le enviaba. Con total desinterés y gran resentimiento, el músico rompió el libreto, aventando pedazos por todos lados. Agotado, se recostó en el suelo. Junto a él quedó uno de los trozos de papel en el que se leía:´Consoláos´. Sorprendido, siguió recogiendo pedazos y según los iba recomponiendo iban surgiendo palabras que él juraba que le hablaban:... “Fue despreciado y rechazado por los hombres. Él confió en Dios... Dios le dará reposo. ¡Regocíjate! ¡Aleluya!”.

¡Vaya usted a saber qué fue lo que pasó! El caso es que algo cambió en él. Entró en una especie de trance místico o algo así y comenzó a componer como un loco; y lo de “loco” no es una forma de hablar. Se encerró en sus aposentos sin querer ver ni hablar con nadie. Apenas dormía y lo poco que comía lo hacía sujetando la comida con una mano y escribiendo al mismo tiempo con la otra. Se le escuchaba gritar emocionado y cuentan que sobre todo se le oía exclamar constantemente ´¡A-leluya! ¡A-leluya!´ Tras pasar así tres semanas, concluyó una de sus inmortales obras, quizá la más conocida: “El Mesías”.

Las autoridades católicas no estaban muy de acuerdo en que tema tan sagrado se presentara en un teatro y el estreno se retrasó, pero al fin accedieron y la obra se estrenó el 13 de abril de 1742 con enorme éxito. Esto dio a Händel nuevos aires para seguir componiendo por unos años más.

El tiempo, que no perdona, fue minando su salud y en 1751 perdió la vista. Para principios de 1759 ya estaba seriamente enfermo. Él quería morir el 13 de abril porque en ese año sería viernes santo y, curiosamente, una fecha que parecía perseguirlo. Fue un 13 de abril cuando sufrió la apoplejía y también cuando se estrenó El Mesías. Estuvo muy cerca de cumplir su voluntad, porque falleció el 14 de abril, aunque algunos dicen que en aquel viernes 13 ya no había alma en su cuerpo.

Así fue que Händel tuvo su particular Navidad, en él o de él nació ´El Mesías´... y esa historia envuelta en música se vuelve a contar cada vez que un escenario se llena con el ´¡A-leluya! ¡A-leluya!´

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:
Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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