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La memoria donde ardíaMiércoles, 7 de Agosto de 2019 00:01 a.m.

Una puede descubrirse imperfecciones en el rostro o en el cuerpo frente al espejo. A veces las imperfecciones no son visibles a los ojos porque son internas, están hechas de lo que no se ve pero se siente. A veces un espejo resulta ser una historia tramada, una escaramuza de palabras que nos sorprende como si fuera el primer espectáculo que la vida nos quiere dar: descubrirnos.

La memoria donde ardía es ese libro de cuentos que nos revela lo que somos sin ser ese espejo, pero sí esa contienda de emociones. Un descubrimiento en la crudeza de cada página. En su libro Suspense, Patricia Highsmith señala que los buenos relatos breves se escriben exclusivamente con las emociones del escritor, y por lo general sus temas se expresarían de modo similar en un poema.

En La memoria donde ardía, Socorro Venegas escribe un poema de largo aliento fragmentado en diecinueve narraciones breves en donde los protagonistas son a la vez metáforas, hipérboles y también imágenes sensoriales.

En ese bosquejo poético, Venegas surca las atmósferas de la pérdida, de la muerte, acaso una soledad predispuesta justamente a ese descubrimiento de nosotras (os) mismas (os). Entre sus relatos transita esa voz narradora que nos va diciendo cómo es el desvarío al que nos enfrentamos.

La memoria donde ardía es asomarse a la maternidad exacerbada, la delgada línea entre la tragedia y la confrontación con la lucidez. Ese asomo a la monstruosidad de los seres humanos cuando averiguamos nuestras extensiones del ser: los hijos, los recuerdos, las palabras, las imágenes, las cicatrices.

En este libro, las voces de la infancia están hechas de nubes, de bocadillos de aire. A veces sus madres o sus padres aparecen sólo para reiterarles que la soledad y el desamparo, la intemperie y el abismo están ahí, sin distinción a nada.

Nutre mucho leer a Venegas y darnos cuenta que en sus cuentos se nota esa sutileza para lastimar a sus personajes víctimas, en indefensión, frágiles, propiedades que se perciben mas no se despliegan. Quizás algo cercana a Francisco Tario y cierto roce con la voracidad de la miseria, o a la sinceridad con la que Guadalupe Dueñas se acercaba a la niñez, o a ese halo de suspenso, lo sombrío entre líneas que inspira Amparo Dávila.

A este acto de descubrir (se), sumemos que estamos frente a este nuevo suceso de revelaciones en la literatura latinoamericana, obras escritas por mujeres, donde Socorro Venegas es ya una de las narradoras mexicanas más interesantes, sobresalientes y que parte de una generación qué tiene mucho qué decir.

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