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LA LLAMADA Por: P. Alejandro Ortega Trillo Alejandro Ortega TrilloLunes, 25 de Enero de 2021 02:00 a.m.

La vida humana empieza y termina con una llamada. 

Alguien nos llama a la existencia, y no son sólo nuestros padres; alguien nos llama a la relación y convivencia, y no es sólo la familia; alguien nos llama a crecer, educarnos y habilitarnos para alguna forma de servicio, y no es sólo una sociedad que nos necesita; alguien nos llama, con el paso de los años, a ulteriores reinvenciones y conquistas, a nuevos desafíos y proyectos, y no es sólo un inapelable afán de dejar huella; alguien nos llama a cruzar la puerta más definitiva de la vida para entrar en una eternidad ilimitada, y no es sólo una innata sed de trascendencia.

Dentro, en el corazón de esas llamadas, resuena una misteriosa voz que se funde con nuestra conciencia: es la voz de aquel que en cada vida humana se hace presente con un plan, con un destino; con eso que en la fe suele llamarse "vocación cristiana". 

Todos somos destinatarios de una vocación, de una llamada divina que justifica nuestra existencia. Sin esa referencia, nuestra vida carecería de sentido; al menos, de su sentido más pleno y definitivo. A todos nos toca escuchar esa voz íntima, que en cada uno resuena con un peculiar acento, envuelto en circunstancias, personas, acontecimientos y otros tantos recursos que el señor utiliza para hacerse sentir con la suficiente fuerza para estremecernos y la necesaria sutileza para respetarnos. Sólo así queda patente lo específico de la vocación cristiana, en su origen tan divina y, en su aceptación, tan humana.

Esa llamada de Dios nos invita a ser sus hijos, a seguir sus pasos, a ser hermanos, a servir a los demás, a tomar nuestra cruz, a dar frutos de amor, a reconocer nuestras miserias, a ser santos. Es una llamada, en última instancia, a ser felices sin buscarlo; porque en ello reside la paradoja de la vocación cristiana. 

Quiera Dios que en este año escuchemos esa llamada múltiple, inagotable, de Cristo que, con amorosa insistencia, toca a nuestra puerta y nos dice de nuevo: "¡Sígueme!"

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