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La ilusión de la invulnerabilidad Por: Ron Rolheiser Ron RolheiserMartes, 15 de Diciembre de 2020 00:00 a.m.

Todo lo que no te mata te hace más fuerte. Ese es un axioma piadoso que no siempre se sostiene. A veces llegan malos tiempos y no aprendemos nada. Ojalá este mal tiempo presente, el Covid-19, nos enseñe algo y nos haga más fuertes. Mi esperanza es que el Covid-19 nos enseñe algo que las generaciones anteriores no necesitaban aprender, pero que ya sabían a través de su experiencia vivida; es decir, que no somos invulnerables, que no estamos exentos de la amenaza de enfermedad, debilitamiento y muerte. 

En resumen, todo lo que nuestro mundo contemporáneo puede ofrecernos en términos de tecnología, medicina, nutrición y seguros de todo tipo, no nos exime de la fragilidad y la vulnerabilidad. El Covid-19 nos ha enseñado eso. Al igual que todos los que alguna vez han caminado sobre esta tierra, somos vulnerables.

Tengo la edad suficiente para haber conocido a una generación anterior en la que la mayoría de la gente vivía con mucho miedo, no del todo saludable, pero sí real. La vida era frágil. Dar a luz a un niño podría significar su muerte. Una gripe o un virus podría matarlos y tenían poca defensa contra ellos. Podrían morir joven de enfermedades cardiacas, cáncer, diabetes, malas condiciones sanitarias y decenas de otras cosas. Y la naturaleza misma podría representar una amenaza. Tormentas, huracanes, tornados, sequías, pestilencias, relámpagos, todo esto era de temer porque en su mayoría estábamos indefensos contra ellos. La gente vivía con la sensación de que la vida y la salud eran frágiles, que no debían darse por un hecho.

Sin embargo, luego llegaron las vacunas, la penicilina, mejores hospitales, mejores medicinas, parto más seguro, mejor nutrición, mejor vivienda, mejor higiene, mejores carreteras, mejores autos y mejores seguros contra todo, desde pérdida de trabajo, sequía, tormentas, pestilencia, hasta desastres de cualquier tipo. Y junto con eso vino una sensación cada vez mayor de que estamos a salvo, protegidos, seguros, diferente a las generaciones anteriores, capaces de cuidarnos a nosotros mismos, ya no tan vulnerables como las generaciones anteriores a nosotros.

Y en gran medida eso es cierto, al menos en términos de nuestra salud física y seguridad. En muchos sentidos, somos mucho menos vulnerables que las generaciones anteriores. Pero, como el Covid-19 ha hecho evidente, este no es un puerto completamente seguro. A pesar de muchas negaciones y protestas, hemos tenido que aceptar que ahora vivimos como todos antes que nosotros; es decir, incapaces de garantizar la propia salud y seguridad. A pesar de todas las cosas terribles que el Covid-19 nos ha hecho, ha ayudado a disipar una ilusión, la ilusión de nuestra propia invulnerabilidad. Somos frágiles, vulnerables, mortales.

A primera vista, esto parece algo malo; no lo es. La desilusión es disipar una ilusión y llevamos demasiado tiempo (y con demasiada ligereza) viviendo una ilusiónM; es decir, viviendo bajo un manto de falso encantamiento que nos hace creer que las amenazas de antaño ya no tienen poder para tocarnos. ¡Y qué equivocados estamos! Al momento de escribir este artículo, hay 70.1 millones de casos de Covid- 19 reportados en todo el mundo y se han reportado más de 1.6 millones de muertes por este virus. Además, las tasas más altas de infección y muerte se han producido en aquellos países que pensamos más invulnerables, países que tienen los mejores hospitales y los más altos estándares de medicina para protegernos. Eso debería ser una llamada de atención. A pesar de todas las cosas buenas que nuestro mundo moderno y posmoderno puede darnos, al final no puede protegernos de todo, incluso cuando nos da la sensación de que puede hacerlo.

El Covid-19 ha cambiado las reglas del juego; ha disipado una ilusión, la de nuestra propia invulnerabilidad. ¿Qué hay que aprender? En resumen, que nuestra generación debe tomar su lugar con todas las demás generaciones, reconociendo que no podemos dar por un hecho la vida, la salud, la familia, el trabajo, la comunidad, los viajes, la recreación, la libertad de reunión y la libertad de ir a la iglesia. El Covid-19 nos ha enseñado que no somos el Señor de la vida y que la fragilidad sigue siendo la suerte de todos, incluso en un mundo moderno y posmoderno.

La teología y la filosofía cristianas clásicas siempre han enseñado que, como seres humanos, no somos autosuficientes. Sólo Dios lo es. Sólo Dios es "Ser autosuficiente" (Ipsum Esse Subsistens, en la filosofía clásica). El resto de nosotros somos contingentes, dependientes, interdependientes... y lo suficientemente mortales como para temer la próxima cita con nuestro médico. Las generaciones pasadas, porque carecían de nuestros conocimientos médicos, de nuestros médicos, de nuestros hospitales, de nuestros estándares de higiene, de nuestros medicamentos, de nuestras vacunas y de nuestros antibióticos, sintieron existencialmente su contingencia. Sabían que no eran autosuficientes y que la vida y la salud no podían darse por un hecho. No les envidio algo del falso miedo que vino con eso, más sí los envidio por no vivir bajo un manto de falsa seguridad.

Nuestro mundo contemporáneo, a pesar de todas las cosas buenas que nos brinda, nos ha adormecido en términos de nuestra fragilidad, vulnerabilidad y mortalidad. El Covid-19 es una llamada de atención, no sólo al hecho de que somos vulnerables, sino especialmente al caso de que no podemos dar por un hecho los preciosos dones de salud, familia, trabajo, comunidad, viajes, recreación, libertad para reunirse, e incluso para ir a la iglesia.

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