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La ficha de los lunesMiércoles, 12 de Junio de 2019 02:19 a.m.

No recuerdo la primera vez que tuve la oportunidad de sentarme a una mesa a jugar dominó, pero seguramente fue en la infancia cuando todo lo que había por descubrir en la casa era motivo de gran curiosidad y entusiasmo. Había algunas cajas de madera con una pequeña puertecita corrediza con motivos casi siempre relacionados a marcas de bebidas espirituosas o de cervezas, que en su interior guardaban veintiocho piezas de uno de los juegos de mesa mas afortunados y divertidos.

Seguramente en esas primeras aproximaciones a las fichas, la mayor parte del desenlace de la partida era dejada al azar, ya que los imberbes jugadores nos dedicábamos a poner la ficha que tuviéramos disponible de acuerdo con lo que los dos extremos de la hilera hacían mandatorio en una frenética carrera por terminar sin siquiera tener claro quién y por qué ganaría la partida.

Pero un día de la adolescencia, en alguna reunión multigeneracional, se podían escuchar las voces que provenían de la mesa de la cocina de aquella casa, en donde un grupo de cuatro sexagenarios se gozaban en torno a un viejo juego de dominó, igual que el que tenía mi padre entre sus pertenencias. Aquello llamó la atención de más de uno de los menores que hicimos ronda para averiguar por qué aquella pequeña reunión causaba tanto alboroto.

Al parecer se organizaban en dos equipos, y se detenían un poco para contar mentalmente y hacer suposiciones y adivinanzas sobre el paradero de una o dos fichas ansiadas por los contrincantes, haciendo espacio para la burla y la sorna fraternal cada que algo ocurría. Sin duda aquello se veía mucho más divertido que sólo tirar fichas a solicitud de los extremos de la hilera.

Entonces surgió la afición, movida por el interés de lo que parecía una actividad misteriosa y compleja, saber contar, entender qué ficha poner de acuerdo a las probabilidades, bloquear o hacer pasar al contrincante y beneficiar a quien lleva la mano, eran temas que más bien parecían imposibles de entender, pero que con el tiempo y una buena dosis de paciencia ante el maltrato de los jugadores más expertos y cortos de voluntad pedagógica, fueron desarrollando el gusto por este juego y lo que conlleva.

Hoy intento reunirme a jugar dominó periódicamente, dos o tres veces por mes, con un grupo de entusiastas que disfrutan tanto como yo del juego y que lo juegan bastante mejor que lo que regularmente consigo. En las reuniones se juntan dos o tres mesas que simultáneamente celebran partidas sucesivas en las que se disfruta del juego y de la conversación, con sus inevitables comentarios hilarantes destinados a presumir, a denostar o a hacer leña del árbol caído o tal vez al reclamo por una pieza mal acomodada o un error detonador de una debacle de puntuación. Se anota en una hoja o en una aplicación de celular o si no hay más, en una servilleta, la puntuación que se lleva en la mesa de cada uno de los equipos y se utiliza para culminar partidas, para dejar jugar a los retadores o simplemente para rotar los equipos en las mesas. Salvo esa función administrativa, el juego se centra en el desarrollo de cada partida, en donde si bien el resultado importa, es mucho más relevante el proceso para llegar a éste. Ahí se acuñan términos que describen una barrida completa a la voz de “zapato” o presagian una catástrofe de puntos al grito de “alerta de siete fichas”, o tal vez uno o dos apodos bien asignados a quien no ha tenido una buena noche, todo siempre en un clima de camaradería fraterna. Ahí se festejan los logros profesionales, se comparten sugerencias, contactos y experiencias, se celebran los éxitos y se acompañan los fracasos de los que coincidimos.

Hace unos días escuché de un querido amigo, doctor en su especialidad, orientado a las humanidades y la filosofía, referirse a la vida como una peregrinación en la que transitamos cada uno en su propio caminar, pero en comunidad, compartiendo los momentos con otros semejantes que buscan un destino y se esfuerzan por alcanzarlo pero que pasan la mayor parte de su tiempo en el camino en donde la esperanza y la fe mantienen la energía para continuar. Me hizo sentido. El hacer cumbre luego de una escalada complicada es la culminación de un proceso de preparación que suele terminar de forma fugaz. Quien llega a la cumbre de uno de los montes más altos del planeta sabe que su estancia ahí no puede durar mucho, acaso minutos, por las condiciones humanas y por las del clima del lugar y porque hay que considerar el tiempo y la energía para volver abajo. Es el momento en el que hay que planear una expedición nueva, buscar otra cumbre. Sigo teniendo claro que, a pesar de que tengamos un rumbo, un destino fijo en nuestros planes, caminar el trayecto es lo que hace la experiencia una completa y plena.

Las actividades que nos recuerden el peregrinar en comunidad enriquecen el camino y lo hacen llevadero, como los lunes de ficha, cuando todos ganamos siempre, aunque no necesariamente en la partida ni con los mejores resultados.

Armando Arias Hernández es Licenciado en Ciencias de la Información y Comunicación, estudió una Maestría en Desarrollo Organizacional en la UDEM y se desempeña como conferencista y consultor de negocios PYME y profesor de asignatura en la UDEM.  aarias@desarrollarte.com.mx / www.desarrollarte.com.mx / Twitter: @amicusaria

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