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La casa dividida Por: Pablo HiriartMartes, 3 de Diciembre de 2019 01:40 a.m.

El daño más grande causado al país en este año de gobierno no está en la economía ni en la seguridad, que de por sí son mayúsculos, sino en la división que ha promovido el presidente entre sus gobernados.

Ese lenguaje polarizador que emana desde el poder político comienza a fracturar a la sociedad, a las familias, a los amigos. Vamos por un camino peligroso, pues la historia nos demuestra que el discurso de odio antecede a los crímenes de odio. Ayer el presidente ninguneó a la marcha que exigió rectificaciones, y dijo que eran "ciudadanos disfrazados de militantes de partidos conservadores". Quiso decir lo contrario, pero de igual forma descalifica al que tiene otra opinión. No escucha. Hace apenas unos días dijo que los inconformes con el actual gobierno "no son muchos, pero sí poderosos económicamente hablando... como estaban acostumbrados a robar, a medrar, al influyentismo, es natural que nos ataquen un día sí y otro también". ¿De veras así son los inconformes: rateros?

¿No es posible pensar distinto al presidente, inconformarse, protestar, sin ser considerado un delincuente? Así actúan las dictaduras. Aún no llegamos a ella, pero nos encaminamos hacia algo muy parecido, que es la tiranía del presidente.

La acumulación de poder de López Obrador ha sido a costa de debilitar a otros poderes. Al Ejército lo ha convertido en un incondicional de "su proyecto", como dijo el secretario de la Defensa Nacional el 20 de noviembre. ¿Y los que en ejercicio de sus derechos y libertades conferidas por la Constitución, no comparten el proyecto de AMLO, qué? Sólo un sector de la población goza del amparo de las Fuerzas Armadas, porque su lealtad está con el proyecto partidista de la 4T y no con las instituciones democráticas, como debería ser. Las Fuerzas Armadas deben ser leales a México, y el proyecto de Morena sólo representa a una parte de los mexicanos, que es tan respetable como la que tiene otros proyectos en el marco de la ley. Desde luego que el Ejército tiene que ser leal al presidente, que es su Comandante Supremo, apoyar acciones concretas del gobierno, pero jamás jurar lealtad a un proyecto partidista. Con todo respeto, así no es, general Sandoval. Todos somos mexicanos y valemos lo mismo, estemos o no de acuerdo con la 4T.

Mala señal, pero es fruto de la polarización que encabeza AMLO.

La semana pasada el presidente acusó al anterior secretario de Marina, Vidal Soberón, de haber llegado al cargo sin los méritos que tiene el actual titular de ese instituto naval. Es decir, López Obrador lleva la cizaña hasta el interior de las Fuerzas Armadas. Mucho veneno. Demasiado. Tardaremos décadas, generaciones, en sanar las heridas de la división. Una división que es causada por un gobierno que no ve a la pluralidad como síntoma de salud democrática, sino que encapsula a los disidentes en un grupúsculo de enojados porque "estaban acostumbrados a robar, a medrar, al influyentismo". Nuestros actuales gobernantes son binarios: ven buenos y malos. No hay términos medios.

La lucha –según creen– acabará con la derrota total del bando de los privilegiados, conservadores y corruptos que critican a López Obrador. ¿Quiénes son esos "poderosos económicamente hablando", que señaló el presidente como inconformes y por ende ladrones? En México los únicos "poderosos económicamente hablando" son los empresarios que han hecho su mejor esfuerzo para que la economía no se desmorone tanto en este régimen. Los empresarios, a los que insulta el presidente, los tiene de su lado, porque no quieren que México quiebre. No han sacado su dinero del país. No se han dolarizado. No complotan contra AMLO. Comprometen una enorme cifra de recursos a invertir en México durante el sexenio, y el presidente les dice que "estaban acostumbrados a robar, a medrar y al influyentismo". Sobre esos empresarios hará recaer la culpa de la quiebra que tendremos en 2021, si no hay correcciones de fondo. Los empresarios serán los chivos expiatorios de la debacle, porque desde ahora puso sobre sus hombros la carga del crecimiento económico sin ofrecer a cambio las modificaciones indispensables para restaurar la confianza.

Mientras ello ocurre, el presidente y su partido desmantelan los órganos democráticos que se crearon para poner límites al poder y abusos del Ejecutivo. Liquidaron a la Comisión Nacional de Derechos Humanos con un fraude a la ley y a la elección en el Senado. Se acabaron a la Comisión Reguladora de Energía mediante el desprestigio público de su presidente, que se vio orillado a renunciar: no quiso guerra contra el águila. Al poder judicial lo tienen con una pistola en la frente: el juez que concedió amparos contra la construcción de un aeropuerto en Santa Lucía le echaron el aparato del Estado encima, se tuvo que retractar y además fue suspendido.

El Instituto Nacional Electoral padece el intento de asfixia financiera de parte del partido gobernante. Quieren que se vaya el consejero presidente del INE para tomarlo en su poder. Nuestra querida UNAM, centro del pensamiento crítico y autoridad moral frente al poder político, ahora va –según palabras del rector Graue– "en el transatlántico de López Obrador". El presidente ha inhibido la crítica, pues ejercerla es "hacerle el juego a los conservadores", dice. Sí, la casa está dividida y se encamina a una fractura. Como apuntó un prestigiado jurista en la entrega de los premios de la Fundación Pagés Llergo, una casa dividida es una casa derrotada. Ahí tenemos a Estados Unidos al acecho, porque nuestro gobierno ha concentrado sus esfuerzos en separarnos y no en poner la casa en orden.

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