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La canonización terminal del político contra la inmortalidad del estadistaLunes, 1 de Abril de 2019 01:48 a.m.

La “obra” de 121 días de López Obrador coincide con los gustos y necesidades de sus propios colaboradores, de sus animadores dentro y fuera del gabinete y del 53% de quienes fuimos a las urnas, mas no del total de los mexicanos, como muchos empecinados insisten.

Es obvio que para esas personas, AMLO es un presidente cómodo, pero esa comodidad no tiene nada que ver con el espíritu que caracteriza a un estadista que no le tiene miedo a tomar decisiones, a ser simple, directo y claro, aunque con ello resulte subversivo y perturbador. Les platico: un estadista debe interpelar, debe sacudir con acciones más que con piezas de oratoria, por más que éstas en el caso del presidente de México estén muy mal trabajadas. 

Por cierto, ante sus discursos improvisados y leídos, las frases de Kafka son las más simples y transparentes que existen para retratar la realidad burocrática. El político se sabe y se debe al resultado de unas elecciones y actúa en consecuencia.

La práctica más venal que existe es conquistar mediante promesas la confianza y simpatía de la víctima, para después traicionarla desde el poder con acciones que contradicen lo ofrecido en campaña. En cambio, el estadista no es producto de las urnas, porque se sabe, se debe y actúa pensando en generaciones. O dicho de otra manera: el político juega para que las tribunas coreen y vitoreen su nombre. En la popularidad sustenta su mandato. Y a propósito, jugar con la ingenuidad de la gente es propio de un demagogo.

El estadista juega para ganar el partido, aunque para ello tenga que sacrificar el “jugar bonito”, pues los puntos de la tabla son los que lo salvan del descenso y a la segunda división cae el que en cada partido sale goleado, aunque sea querido y popular. Por más que haya ganado el 1 de julio, si AMLO no logra traspasar esa frontera del político que siempre ha sido a la del estadista que México merece, estaremos asistiendo a su canonización terminal.

El público lo va a adorar casi como a un santo, pero este país con tantas necesidades no está para rendirle culto a nadie, por más caudillo que se sienta y por más que invoque a los mártires de la Independencia y de la Revolución, porque el de la Reforma no ofrendó su pecho a las balas, como los otros dos. La más perniciosa y persistente de las pasiones es el orgullo y éste –en amasiato con la vanidad del poder– suele impulsar hipócritamente a muchos a dar las gracias una y otra vez por haberlo dictaminado mediante el voto para ocupar un puesto público, por pequeño o grande que éste sea.

Y como el político carece del don de la decisión –que es connatural al estadista– recurre a la consulta de todo, buscando con ello responsabilizar a los electores de que él siga en el cargo, de que se vaya a la mitad de su mandato o busque perpetuar a su partido –o a él mismo– en el poder. Me parece extorsivo el modo en que AMLO plantea esto, porque ahora resulta que con las consultas populares más que un presidente, tenemos a un “custodio nacional de la moral y las buenas costumbres”, y creo que ese puesto nos sale muy caro, aún ganando el tope de $108,000 pesos mensuales.

Me llama la atención que sea tan ingenuo o tan ególatra para hacer girar su gobierno alrededor de una forma tan prehistórica como ésa.

Ególatra porque en el fondo sabe que después de las encuestas que hablan de su popularidad, la gente le va a seguir el cuento y le dará por su lado en las mentadas consultas.

Este es el máximo agravio del político: si se equivoca, tienen la culpa quienes votaron en la consulta y si acierta, el mérito es nomás de él. Por eso se dice que el político –para serlo de verdad– debe ser un narciso consumado. El estadista promueve el espíritu crítico, se rodea de él y reconoce que la crítica es independiente de la moral y la ética. La afronta con entereza, magnanimidad y altura de miras. Lo contrario a esto son los panfletos sobre comportamiento ético y moral, valores que se adquieren en la casa y en la familia, un poco en la escuela pero nunca se aprenden de gobierno alguno.

El político disfraza su incapacidad en medio de los lisonjeros que pululan a su alrededor buscando prebendas económicas y de poder, incluso contraviniendo los ideales del jefe. Ambos –el dejado y el aprovechado–  caen así en conductas deleznables. CAJÓN DE SASTRE “El gobierno de López Obrador se parece a una película rumana”, dice la cinéfila de mi Gaby, y enseguida le pregunto: “¿Por qué?”. Y ella me responde: “Por ser una obra plagada de motivos intrascendentes y, hasta ahora, muy mal resuelta”, responde con su característica ironía, perspicacia y mordacidad. placido.garza@gmail.com

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