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Jesús como respuesta a mis situacionesPor: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 30 de Abril de 2021 02:00 a.m.

Este domingo subrayamos nuestra unión con Jesús, muerto y resucitado por nosotros, y la necesidad de producir frutos en las buenas obras. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a Pablo que narra su conversión y sus predicaciones en Damasco. 

La experiencia de Jesús lo llevaba a hacer una nueva lectura de la Escritura y a descubrir el plan de salvación. Su anhelo es el de predicar sin descanso a Jesús a pesar de las amenazas de muerte de lo hebreos de lengua griega. San Juan continúa su exposición sobre la verdad del cristianismo de frente al gran enemigo de la "gnosis". El amor no se demuestra en bellas palabras o especiales iluminaciones, como pretendían los gnósticos, sino en obras de amor. No se puede separar la fe de la vida moral. Vemos en el Evangelio como la parábola de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo podremos dar frutos de amor si permanecemos unidos a la vid verdadera: Jesús el Señor. Jesús será siempre una respuesta a nuestras tragedias, dudas y necesidades, su misericordia y amor nos dan la alegría de experimentar esta realidad en nuestra vida.

Todos tenemos el reto de hacer lo que a Dios agrada. En ocasiones uno se pregunta: ¿Qué debo hacer en este caso que tengo enfrente, en esta circunstancia de mi vida? ¿Cómo comportarme ante esta dificultad o problema? Este tiempo de pandemia nos ha puesto de relieve la necesidad de estar unidos a Dios, no podemos enfrentar sin Dios tantos momentos de incertidumbre y de prueba. Vemos como el hombre debe enfrentar momentos graves de su existencia y tomar decisiones concretas. En estas situaciones puede ser muy útil e iluminador preguntarse: ¿Qué es aquello que a Dios más agrada? ¿Qué es aquello que más consolaría a Jesús? ¿Qué esperaría Jesús de mí en esta circunstancia? Son preguntas sustanciales que iluminan de golpe el acontecer de nuestras vidas. Son preguntas que robustecen el alma, que encienden el amor en el pecho y dan la fuerza para afrontar y enfrentar lo que suceda por amor a Dios y a las almas. 

Este domingo es para nosotros una invitación a amar no sólo de palabras, sino con las obras. Y las obras son las de cada día. Las obras son nuestras tareas diarias, son nuestras responsabilidades en el hogar y en el trabajo; en la calle y en la vida social. Este tiempo de Pascua es para nosotros un recordatorio que ya no tenemos otro compromiso y responsabilidad, como san Juan de la Cruz, sino el amar. "Al atardecer se nos juzgará sobre el amor". Y una manera muy hermosa es permanecer unidos a Jesús y compartirlo con los demás.

Somos cristianos para dar frutos. Una fuerte tentación en el camino de la vida es "el cansancio de los buenos". El cansancio de aquellos que, por algún tiempo, se dedicaron a practicar el bien. Es un cansancio que se puede traducir en cierto desencanto ante tanta lucha y poco avance; es un cansancio que se identifica con el abandono de los grandes ideales y de los proyectos ambiciosos; es un cansancio que viene a terminar en pereza, cobardía y esterilidad del alma. Un cansancio espiritual propiciado por las limitaciones a las que nos hemos tenido que ir adaptando en esta pandemia. ¿Cómo huir de tamaña desgracia? Renovando cada día el esfuerzo por "dar frutos", por trabajar con empeño. 

El mundo, la Iglesia, mi familia, las personas que más quiero y más me quieren necesitan de mí, necesitan de mi aportación, están a la espera de lo mejor de mí. No puedo dejar de dar frutos bajo pena de morir espiritualmente. La vida espiritual se convierte así en la permanente y total donación de sí mismo por amor a Dios y al servicio de los hermanos. Dar frutos es una ley de vida cristiana. Es una exigencia para todo el que vive unido a Jesús. Un modo hermoso de dar fruto es conducir las almas a 

Dios. Y esto está a la mano de todos nosotros. Quien más, quien menos, todos tenemos la posibilidad de llevar a las almas a Dios. Decía la madre Teresa de Calcuta: "El servicio más grande que puedes hacer a alguien es conducirlo para que conozca a Jesús, para que lo escuche y lo siga, porque sólo Jesús puede satisfacer la sed de felicidad del corazón humano, para la que hemos sido creados". Preguntémonos sinceramente: en este año, en este tiempo de pandemia ¿a cuántas personas he acercado a Dios por mi palabra, por mi testimonio, por mis obras? Si queremos llegar al cielo con las manos llenas de frutos no dejemos pasar nuestro tiempo sin trabajar, sin ayudar a los demás a disfrutar de su unión con Jesús, a "permanecer" cerca de la Vid de verdad, de amor, de serenidad, de dulzura, de paz.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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