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¿Inventario público del espacio público?Miércoles, 14 de Agosto de 2019 01:41 a.m.

La verdad pasó de noche, o cuando menos a mí me pasó de noche, la iniciativa para crear el “Sistema Estatal de Información de Espacios Públicos”. 

Pero, ¿qué es el Sistema Estatal de Información del Espacio Público? Y ¿por qué lo necesitamos? Bueno, podría entenderse como una exageración, hipérbole o redundancia. ¿Para qué queremos un registro público de espacio público si ya es público? Pues sí y no. Pedir un registro público del espacio público parece una exageración, pero en realidad el ciudadano común y corriente no sabe que es copropietario de grandes cantidades de suelo y que éste debería destinarse, básicamente, a dos cosas: parques y equipamientos.

¿Y en este momento no es público? En teoría sí, las cesiones de los nuevos desarrollos se escrituran e inscriben a nombre de los municipios y, también en teoría, su destino está definido en la Ley. En la práctica ese espacio de actuación pública es poco pública, nadie sabe con exactitud cuál es el inventario de suelo propiedad de cada municipio; resulta bastante difícil, casi imposible seguir el rastro de un espacio público y saber si con el tiempo mantuvo ese carácter de público y comprobar que su destino se mantuvo: parque o equipamiento.

Por eso es que un registro público de lo público tiene sentido. Un registro público del espacio público sería como decirle a los ciudadanos comunes y corrientes “oiga vecino, le tengo una excelente noticia, usted es rico, es dueño de bastante tierra”. ¿Cuánto?, el 17% de cada desarrollo, o un poco más…, al menos eso dice la Ley. Otra manera de explicarlo sería decir algo así como “usted es dueño de acciones urbanas (parques, plazas, jardines) entre más existan, más rica es su ciudad y, por lo tanto, su acción sube más”. 

¿Por qué es importante? Primero, porque el espacio público es público, es de todos, y no debería destinarse a ningún otro fin distinto al que marca la Ley. Segundo, porque si este inventario está en la opacidad siempre existirá la tentación de venderlo, ponerlo en comodato, o utilizar cualquier figura jurídica posible para cambiar su naturaleza y obtener algún beneficio, bien habido o mal habido, pero que representa una desviación del destino que marca la Ley. Tercero, porque necesitamos esos espacios, por razones ambientales, sociales, de seguridad, de convivencia, de seguridad pública, por orgullo, por pertenencia, para encontrarnos, conocernos, conversar e interactuar. 

Pero hay una razón adicional, la Ley de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano del Estado de Nuevo León mandata protección y progresividad  “...crear condiciones de habitabilidad de los Espacios Públicos, como elementos fundamentales para el derecho a una vida sana, la convivencia, recreación y seguridad de los ciudadanos, considerando las necesidades diferenciadas por personas y grupos. Se fomentará el rescate, la creación y el mantenimiento de los Espacios Públicos, los que podrán ampliarse, o mejorarse, pero nunca destruirse o verse disminuidos. En caso de utilidad pública, estos espacios deberán ser sustituidos por otros que generen beneficios equivalentes” (Art. 4 fracción VII). 

Ahí está la clave: protección y progresividad del espacio público. No se puede proteger y hacer progresivo algo que no se conoce, algo que no se mide, algo que no se sabe dónde está ni de qué tamaño es.

Por cierto, como ejemplo histórico de lo que ocurre cuando este tema, el del espacio público, se maneja en la opacidad y discrecionalidad, ¿sabía usted que entre finales de los siglos XIX y XX se perdieron, desaparecieron o se redujeron hasta nueve plazas en el primer cuadro de Monterrey? Entre estos espacios estaba la mitad de la original Alameda. Sí, lo que hoy conocemos como la Alameda tenía el doble del tamaño de lo que hoy tiene, llegaba hasta la calle Espinoza y tenía 16 manzanas de extensión. 

¿Interesante o no? Este dato y otros lo publicaron regiomontanos en una revista de la Universidad de Guadalajara, se puede ver en https://bit.ly/31BWVdL.

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