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Insólita reuniónDomingo, 28 de Febrero de 2016 00:22 a.m.
Insólita reunión fue esa, pero ahí estuvieron los tres, compartiendo una humillación de siglos. En un improvisado rol, uno por uno tomaron la palabra y desahogaron sus añejas frustraciones.

Por milenios –dijo uno–, he deleitado el paladar de los hombres al dar un sabor especial a sus alimentos. También he sido bálsamo para aliviar algunas dolencias estomacales y medicina para mitigar otro tipo de males. No obstante, mal he sido pagado. Sólo por ser menudo y esbelto, cuando a los hombres algo no les importa dicen ‘‘¡me importa un comino!’’. Humillación antigua es ésta, ya en 1599 en España, Mateo Alemán escribía Guzmán de Alfarache que en un fragmento dice: ‘‘El mozo se puso pensativo a mirarme, que en todo cuanto llevaba no pudieran atar una blanca de canela ni valía un comino, y trataba de ponerle su ropa en precio”.

Y qué decir de mí –dijo el segundo–, que por siglos he sido juguete en tiernas manos infantiles, que sorprendidas han descubierto mi cualidad de convertir el aire en agudo sonido. Por centurias, el sereno y yo recorrimos calles por las noches y hora tras hora pregonamos ese canto de tranquilidad que era arrullo para los soñolientos vecinos “¡Piiittt, Piiittt!, las doce y todo sereeenooo”. El tiempo se llevó al sereno, pero yo sigo aquí. Hoy, mi sonido tiene el poder de crear grandes tristezas y alegrías cuando los jueces me usan para conducir los juegos que emocionan a los hombres. Sin duda debería estar orgulloso de mi historia y de mi  onomatopéyico nombre, pero desde hace siglos y sólo por ser pequeño, cuando a las personas algo no les importa dicen ‘‘¡me importa un pito!’’. Añejo también es el desdén, ya en 1595 en Perú, Felipe Guamán, escribía La Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno que en un fragmento dice: ‘‘Sacra majestad, lo que ha de considerar es que en las minas de azogue se acaban y los que quedan son azogados que no valen un pito’’.

A mí –dijo el tercero– en la vieja Anáhuac me llamaron quilitl, que en náhuatl vale por ‘‘hierba que se come’’. Por siglos fui importante en la dieta de los antiguos mexicanos y, quienes aún se acuerdan de mí, hoy me llaman quelite. En España me llamaron bledo, del latín blitum y éste del griego bliton ‘‘insípido’’. Ya perdí la cuenta de a cuántos hombres y por cuánto tiempo he servido de alimento, pero por ser abundante y en consecuencia barato, las personas me han menospreciado. Por eso, cuando algo no les importa, sin tapujos dicen ‘‘¡me importa un bledo!’’. Es también antiguo el menosprecio, ya en el Diccionario de Autoridades de la RAE, 1727, dice: ‘‘No importar o valer un bledo, por lo poco que vale la hierba’’.

Insólita reunión fue esa, pero lo que ahí se habló llegó a oídos de los académicos de la lengua y al comentar el asunto dijo uno: ‘‘¡A mí me importa un comino!’’; dijo otro: ‘‘¡A mí me importa un pito!’’ y dijo un tercero: ‘‘¡A mí me importa un bledo!’’.

Y así, el comino, el pito y el bledo cargaron su humillación y se fueron caminando lentamente, cada uno por su lado, pensando…  quizá en otra lengua nos traten mejor.
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