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Inocente palomitaSábado, 29 de Diciembre de 2018 01:57 a.m.

El señor presidente no suele ser muy preciso con sus números, con frecuencia parece que va improvisando sobre la marcha y sus intermitentes pausas en el discurso podrían ser para recuperar datos vagos en la memoria y no solamente para recobrar respiro.

No hace mucho nos repetía cada vez que venía al caso, y a veces aunque no, que los rebeldes ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación cobraban cada uno $600,000 pesos al mes. Rascándole un poquito resultó que no eran todos y no era esa la suma, sino que ronda los $500,000 mensuales. Cifra que de todos modos es un insulto social al resto de los mexicanos.

Esta semana que hoy termina, y oportunamente en medio de la inquietud mediática causada por el desplome del helicóptero en Puebla, el presidente soltó una tremenda bomba. Diariamente, de las seis refinerías del país y 39 terminales de distribución, se roban en promedio 600 pipas de 15,000 litros de combustible cada una, y se las roban empleados, trabajadores y funcionarios de Pemex. Diariamente. Hay días, dijo López Obrador, que el número llega a 1,000 pipas.

A nadie se le escapa que para cometer un hurto así durante los últimos tres sexenios se requiere de una enorme red de crimen organizado dentro de la empresa estatal, para el robo y para la venta de lo robado. El presidente afirma no tener pruebas de que los anteriores directores generales de Pemex hayan sido cómplices del ilícito: “lo que sí sé es que tenían conocimiento. De eso no tengo duda”. Tengo entendido que esto configura el delito de complicidad, encubrimiento o culpa por omisión.

Para ponerlo en términos más sencillos, el llamado huachicoleo, que practican los ladrones que horadan ductos para ordeñar combustible y venderlo en los caminos, es mal menor: apenas el 20% de lo robado, lo cual no es poco. Ahora, la creencia de que cualquier cristiano puede llegar con berbiquí y hacerle un orificio a un ducto para ordeñarlo sin peligro es simplista y burda. También para ese robo se necesita tecnología, conocimientos, instrumental y protección que da la complicidad dentro de Pemex o dan las armas fuera de las instalaciones. Pero el asunto es otro.

El presidente dio a conocer también que hay tres funcionarios de monitoreo –esto es la vigilancia de qué sale, cuándo, de dónde y quién se lo lleva– bajo investigación. Al preguntársele si el sindicato de los petroleros del señor Carlos Romero Deschamps estaba involucrado en el ilícito, solamente reveló que había áreas de producción, almacenamiento y distribución a los que la empresa hasta ahora no podía entrar porque era dominio del sindicato.

4,000 soldados y marinos  fueron desplegados para vigilar seis refinerías, 39 terminales de almacenamiento y despacho, 12 estaciones de rebombeo y el Centro de Control México. Bien que así sea, pero esto es solamente el primer paso. Una investigación amplia, detallada y transparente es lo menos que los mexicanos merecen, unos mexicanos que en la memoria tienen las denuncias frecuentes y flagrantes de cómo la empresa Odebrecht de Brasil corrompió a funcionarios mexicanos, precisamente de Pemex. Mexicanos que no pueden evitar una sonrisa cada vez que uno de los testigos del caso Odebrecht muere sospechosamente.

Si no se hace esa investigación o no se dan a conocer los resultados reales de ella, nos habrán hecho víctimas nuevamente del juego que ayer ya se vio muy desairado. Aquél de “inocente palomita que te dejaste engañar”.

Es cierto, señor presidente, es tiempo de canallas.


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