icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
Imágenes en las nubesDomingo, 7 de Diciembre de 2014 01:04 a.m.
La historia del niño que alguna vez se divirtió buscando figuras en las nubes puede ser la tuya, la mía o la de cualquiera. Una emoción especial es descubrir en la amorfa nubosidad la imagen de un elefante, de un pato, de un fantasma o de una bailarina.

Esa cualidad de arrancar imágenes familiares a las configuraciones caóticas no nos abandona nunca. Cuando menos lo pensamos, en un techo manchado por falta de pintura de pronto se asoma y nos saluda una cara grotesca o reconocemos el perfil de un viejo conocido.

Este efecto, tan de nosotros, se llama pareidolia. Es una palabra aún no hospedada en el diccionario, pero ya usada por muchos. Su etimología, claramente griega, se deriva de eidolon (´figura´, ´imagen´) y el prefijo par (´junto a´). Así que la idea implícita es ´imagen adjunta´.

Con cierta frecuencia corren noticias de que la Virgen o el rostro de Cristo se ha aparecido en un comal, en una tortilla quemada, en un trozo de madera o en un muro despintado. Es virtud de la pareidolia explicar estas apariciones ´milagrosas´ y, así, cerrar la puerta a charlatanes que buscan sacar beneficio de este fenómeno.
Hay pareidolias famosas que, aún hoy, son tema de discusión. Aquí recordamos que en 1977 causó revuelo el descubrimiento de un rostro de piedra en una de las fotos de Marte tomadas por el Viking 1; se trata, sin duda, de una formación natural, pero los fanáticos de los ovnis lo han tomado como evidencia de una supuesta civilización extraterrestre.

Ese afán de nuestro cerebro por encontrar figuras en las nubes no se limita al sentido de la vista, también lo hace con las palabras y eso a veces da lugar a interpretaciones divertidas. Aquí recuerdo una mía: aquella ronda infantil en la que se cantaba “A pares y nones, vamos a jugar... “, a mis seis años yo escuchaba: “Aparece ´inornes´, vamos a jugar... “. En mi mente infantil “inornes” era un personaje grotesco que podría aparecer en cualquier momento.

Una amiga cuenta de una cancioncita infantil que en una parte dice: “Las aves alzan vuelo...”; por mucho tiempo, ella escuchó: “las aves al sambuelo... “. Tardó para animarse a preguntar “¿Qué es el sambuelo?”. Otro amigo, sin agraviar (como se dice en el norte), recuerda el canto guadalupano que reza: “...este cerro elijo, este cerro elijo para hacer mi altar”. Cuando niño, él escuchaba: “este es el roelijo, este es el roelijo…”. Por supuesto, nunca atinó a entender qué o quién era el ´roelijo´.

Después de estos testimonios ya no suena a chiste inventado el que cuenta de un tipo tan tonto, tan tonto, que creía que ´masiosare” era un extraño enemigo; ni la historia de la niña que imaginaba al “malamén´ como un demonio tenebroso, así se explicaba que en el final del Padre Nuestro se pidiera la protección del Creador “… y líbranos del ´malamén´”.

En algunas frases o refranes reconocemos esa nuestra tendencia de acomodar las cosas a nuestro entendimiento: “El sordo no oye, pero bien que compone” –que, aunque lo parezca, no hace referencia a Beethoven–, ´nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira´, “Ver monos con tranchete” que, aunque en origen eran moros, hoy hace más sentido pensar que son monos.

En fin, así es nuestro cerebro, travieso e impredecible, lo que no entiende se lo inventa y así construye nuestra realidad… buscando figuras en las nubes de la vida. Puede hacernos más tolerantes tomar en cuenta que, donde nosotros vemos un elefante, otro puede estar viendo una bailarina.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:
Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
OpenA