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Hugo López-Gatell al desnudo en Zipolite Por: Eloy Garza Latitud Miércoles, 6 de Enero de 2021 00:00 a.m.

Se nos pide a quienes criticamos a López-Gatell que tengamos un poquito de criterio. Todos tenemos derecho, dicen, a tomar un descanso. Don Anselmo, mi amigo, dueño de un tendajo en San Nicolás de los Garza, también merece tomar un descanso. Pero tiene a la mujer esclerótica, y los centavos se le salen por los agujeros del pantalón, con tanto remiendo. Ni modo, aquí nos tocó vivir en la región más virulenta del aire. 

Le digo a don Anselmo que la gente es a su manera heroica. Soportar tanto destino cruel que termina, de una forma u otra, en tumba o ceniza nos vuelve heroicos a pesar nuestro. Al final de los días, llámese heroísmo o resignación, encaramos estoicos la visita de la Parca. No hay excepción: hasta los cobardes acaban su vida heroicos. 

A don Anselmo se lo cargó la policía por abrir su tendajo el domingo pasado (en eso no lleva culpa López-Gatell sino Manuel De la O). La policía avarienta no tiene criterio. Tendrá que pagar don Anselmo una multa con dinero que no tiene y negociar la clausura de su changarro. Ya sabe uno que la ley es la ley, pero en tiempos de pandemia la tripa manda, y manda la mujer que uno tiene enferma y postrada. Pero don Anselmo no tiene defensores de oficio en el gremio periodístico. Todos suspiran extasiados defendiendo al señor López-Gatell y exigiendo un poquito de criterio a quienes criticamos al señor López-Gatell.

Ya sabemos que don Hugo, como don Anselmo, tiene derecho a descansar. Y a encuerarse si quiere (y tiene los arrestos) en la playa Zipolite. Pero uno le pediría modestamente, humildemente, que cultivara un poco de heroísmo; aquel heroísmo juarista del servidor público que vive situaciones de emergencia nacional, con invasión de franceses o invasión de virus, lo mismo da; hombres y mujeres heroicos, en momentos nada heroicos, que hacen sacar la casta a los imprescindibles. Momentos en los que tras las rejas don Anselmo grita heroico que seguirá vendiendo frituras en domingo porque el hambre de su mujer lo aprieta, y en los que bajo el búngalo playero don Hugo pide heroico otra margarita y una piña colada para su respetable pareja. 

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