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Hoy estamos con suerteDomingo, 15 de Noviembre de 2015 07:02 a.m.
Decía Théophile Gautier: “el azar es el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar”. En otras versiones hay quién afirma que “Es Dios cuando viaja de incógnito” o “Dios con lentes oscuros”. Cuestión de estilos y enfoques.

Lo cierto es que, desde siempre, al no entender las causas de lo bueno o malo que nos pasa, se lo adjudicamos a la suerte. Pero no se trata de hacer una disertación filosófica de este concepto, aquí el asunto es de palabras, así que sacudamos el polvo a la palabra suerte y, con suerte,  encontraremos algo interesante.

A esas cuentas, perlas u objetos perforados que se ensartan en un cordón a manera de collar, en latín las llamaban sors, palabra derivada del verbo serere que significaba  ensartar. De este verbo también surgió la voz serie que era un conjunto de cosas ensartadas y, del participio sertus, derivó la palabra sarta que hoy usamos en frases como ‘sarta de disparates’ y que es más o menos lo mismo que “serie”. Desde luego, de allí nació el verbo “ensartar” que en su origen es ‘meter en la sarta’.

Estas cuentitas ensartables o sors, fueron usadas por los romanos como instrumentos en sus artes adivinatorias. El sortitor era quien, por tener “el don”, estaba autorizado a lanzarlas sobre una superficie y, de la forma como caían; él interpretaba el mensaje que bien podía ser una predicción o una recomendación. A estos actos los llamaban sortitio que en castellano dio ‘sorteo’ (acto de echar a la suerte).

Estas costumbres latinas, dejaron en el castellano otras expresiones y palabras como sortija, que eran las cuentas ensartadas sors y que luego se convirtió en sinónimo de anillo; ‘echar a la suerte’, como un recuerdo de que había algo que se echaba;  sortilegio, que es la adivinación mediante artes mágicas y desde luego… la misma palabra suerte.

Por otro nombre, a la suerte la conocemos como azar, palabra que se parece a azahar, la flor del naranjo y esto no es casualidad. En la antigua Arabia, los hombres del desierto gustaban de jugarse la suerte lanzando un dado, que en su cara desfavorable mostraba una flor de naranjo y que, en su lengua, llamaban ‘az-zahr’ (la flor brillante). De ahí quedó que también al dado lo llamaran ‘az-zahr’.

El juego de ‘az-zahr’ ponía a los hombres cara a cara con la incertidumbre, por eso la palabra azar pasó a nombrar a cualquier hecho fortuito y desfavorable. Con el tiempo, esta voz nombró a lo impredecible y así azar pasó a ser sinónimo de suerte. Ya ven,  ahora sabemos que el parecido entre azar y azahar es una causalidad y no una casualidad.

A propósito de casualidad, que es otra palabra relacionada con la suerte, porque es una combinación de circunstancias que no se pueden prever, es de interés saber que su origen está en el verbo latino cadere ‘caer’, de donde ‘casus’ es ‘lo que cae’ y de ahí en castellano derivaron las voces caso y casualidad, que literalmente son es eso… ‘las cosas que nos caen en la vida’.

Aunque por costumbre ‘tener suerte’ se entiende como ser afortunado, por sí misma la suerte no es buena ni mala, es más bien lo impredecible y, un mismo hecho, para algunos puede ser favorable mientras que para otros un desastre. Eso que llamamos suerte o azar  es  una manifestación de nuestra inevitable ignorancia, que aunque nos esforcemos por reducirla, siempre será nuestra acompañante en este vagar por el intrincado e infinito laberinto de las causas y los efectos.
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