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Historias venusinas Domingo, 7 de Abril de 2019 01:43 a.m.

Era bella, muy bella… O al menos así imaginaban los antiguos pueblos nórdicos a Freya, la diosa del amor. Su nombre surgió de una antigua voz de aquellos lares: fru, que significaba ‘‘señora, ama’’. Su nombre se conserva en el inglés Friday, de Freya-day,  ‘‘el día dedicado a esta diosa’’.

Sí, el mismo día que los romanos llamaron veneris dies (que en castellano dio ‘‘viernes’’), literalmente ‘‘día de Venus’’, su no menos hermosa diosa del amor y de la sexualidad. No es casualidad la semejanza entre ambas diosas. Hoy sabemos que tanto nórdicos como romanos, griegos y muchas otras etnias europeas y asiáticas, tienen un origen común. 

Todos provienen de un antiguo asentamiento humano de hace más de 8,000 años, que los expertos ubican en donde hoy es Anatolia, en tierras de Turquía. Para darles un nombre, se los ha llamado indoeuropeos y sus huellas están marcadas en similitudes que hay en las diferentes lenguas y mitologías de los pueblos que de ahí surgieron. 

En la lengua de este primigenio pueblo, se adivina la palabra wen que encerraría el concepto de ‘‘amar, desear’’ y de ahí se formaría el nombre ‘‘Venus’’, muy apropiado para la deidad que rige el amor y el deseo. Como una curiosidad, de esa misma raíz brotó la palabra latina venor, ‘‘pieza de caza deseada’’, que podía ser cualquier animal pero que sólo se conservó en uno que hoy llamamos ‘‘venado’’. 

De Venus han derivado muchas palabras: ya mencionamos ‘‘viernes’’, que es el día que se le dedicó a esta diosa, también relacionada con el lucero de la mañana, el planeta brillante que lleva el mismo nombre. Pero también voces como ‘‘veneno’’, que en origen era una pócima de amor, que a quienes la preparaban a veces se les pasaba la mano y mataban a quien la bebía. Por eso envenenar terminó asociándose con la muerte. Otras palabras son: ‘‘venérea’’, enfermedad derivada de prácticas amorosas; ‘‘venerar’’, rendir pleitesía a Venus y luego a cualquier deidad; ‘‘venia’’, un permiso otorgado por un superior; ‘‘venustez’’, que es hermosura, como la que se adjudicaba a la diosa Venus. Aquí recuerdo un fragmento de la conocida canción Perfume de gardenias que dice: “Tu cuerpo es una copia de Venus de…” y al no tener clara la historia, hay quien dice “de Venus decibeles” o “de Venus y Sibeles”, y muchas otras variantes. Bueno, sirva este párrafo para aclarar que debe ser “de Venus de Citeres”, donde Citeres es el nombre de una isla en la que según algunas variantes de la mitología, Venus emergió del mar parada en una gran concha marina, que por cierto a estas conchas por eso se les puede llamar ‘‘veneras’’ o ‘‘vieiras’’. En el siglo XV, Botticelli pintó un cuadro que recrea esta mitológica escena. 

Venus también ocupa un lugar en la tabla periódica, en la que habitan los símbolos de los elementos químicos. En la casilla 23, vive el Vanadio, cuyo nombre evoca a Vanadis, otro nombre de Freya, la diosa del amor en la mitología nórdica. Nombre alterno en el que se hace presente la antigua raíz indoeuropea wen, de la que también brotó ‘‘Venus’’. Seguro se dio este nombre al elemento por ser un mineral de hermosos colores de matices rosados. 

El vanadio guarda una historia interesante. Fue descubierto en 1801, en México, por Andrés Manuel del Río, un mineralogista español radicado en nuestro país. Para su desgracia, la comunidad científica europea no respaldó su hallazgo y tuvo que esperar hasta 1830, cuando un par de químicos suecos redescubrió al elemento y lo bautizaron como vanadio. 

Andrés tuvo que tragarse su decepción y morir con ella. Apenas ahora se está tratando de reivindicarlo, dándole el mérito de ese descubrimiento. Bella, muy bella… Así se imaginaron los antiguos a Venus o a Freya o a cualquier presentación de esta diosa, que ha sabido sobrevivir en las palabras y en las historias que se siguen contando.  


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