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Clima
Hay cosas más fuertes que las crisis Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 10 de Diciembre de 2020 02:00 a.m.

Espero que la amable lectora o el amable lector de esta columna no piense ni por un momento que me he dulcificado por las fechas que vienen, y que después de revisar fieramente la cultura, como es mi costumbre, ahora me doblo ante la cercanía de la Navidad. No, claro que no, sigo siendo Scrooge; sin embargo, como estudio las crisis, y me interesa lo que tienen dentro, deseo explicar un tema fraternal. 

Sabemos que estamos habitados por fieras, por pasiones devastadoras que nos arrasan en una corriente imparable. En medio de ese vértigo en el que somos arrastrados continuamente, de pronto aparecen atisbos claroscuros que, por unos breves y luminosos instantes, nos revelan nuestro propio rostro.

Permíteme ofrecerte una visión distinta de algo que ocurrió en el contexto de la Primera Guerra y que quizá tiene  mensajes para un tiempo como el nuestro.

Quizá deba ser más claro: en la Navidad de 1914, con una Europa destruida por una guerra despreciable y confusa, un grupo de soldados rivales se descubrieron en su más tierna humanidad y desocultaron esa parte noble y poderosa que emerge casi siempre en las situaciones más aberrantes. Justamente de entre esos laberintos incontenibles en donde parece que no hay salidas posibles hoy rescatamos una historia. 

El hecho ocurrió en alguna de las trincheras que se formaron por todo el frente europeo. Los soldados morían entre el lodo, ahogados por gases infames, hartos de plomo, metralla y estrépito; la gente se odiaba, los países y sus gobernantes se embriagaban de sangre en una orgía de poder que amenazaba con acabarlo todo. Los hombres morían entre sus hermanos, entre sus amigos, la fuerza de la destrucción hería sus sueños y sus realidades, nunca antes fuimos tan efectivos para matar como ahora. Sin embargo, de entre las ruinas de nosotros mismos emergen en ocasiones los fantasmas de la libertad y pueblan el mundo de esperanzas.

Aquellos soldados se vieron en la devastación y se hermanaron durante un par de días sólo para darse un abrazo y declarase inmortales durante algunas horas. En las trincheras, la sangre fue sustituida por el vino, esa otra sangre milenaria, el grito por la música y el odio por la dulce sonrisa del amigo. Imagino a los soldados enfrentándose al ominoso fin del mundo, luchando por Dios y por la Patria hasta quedar vacíos, arrasados por la corriente de este mundo que no da tregua y siempre esta ávida de miseria, ahí mismo, mientras se revolcaban entre la nada más violenta, entendieron el sonido de la paz que inundó sus mentes como una estela de luz largamente deseada; se vieron entonces a los ojos y cantaron una canción que resonó en sus oídos hasta el día de su muerte.

Desde acá, desde este lado del tiempo, deseo honrar la memoria de esos chicos británicos, alemanes y franceses, que en un momento lúcido se dieron la mano en un campo de batalla. Nosotros peleamos otras batallas, esta generación es sumamente destructiva, no podemos ocultarlo, llevamos escrita en la lengua la palabra destrucción. Sin embargo, nos queda el don de la amistad, que cuando surge de entre las balas y de entre los huesos de la muerte es capaz de reconquistar la ciudad de la esperanza. Las palabras de un soldado que fue tomado sin duda por el poder de la poesía, resumen así este hecho magnífico: "Todo ocurrió espontáneamente, en forma muy misteriosa. Un espíritu más fuerte que el de la guerra prevaleció aquella noche". Es verdad, hay cosas más fuertes que las crisis. 

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