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Hacer talachaDomingo, 2 de Octubre de 2016 00:59 a.m.
Hay veces que no nos queda de otra más que entrarle a la talacha. Los mexicanos sabemos que nos referimos al trabajo que cansa, que es tedioso, pero que por necesidad alguien tiene que hacer. “Trabajo mecánico, largo y fatigoso”, así define el diccionario a este mexicanismo que, apenas en recientes ediciones, le ha concedido un lugarcito entre sus páginas. Pero, ¿cómo podemos explicar su origen? Echemos una ojeada a la historia.

Cuando los españoles invadieron tierras americanas, poco a poco fueron imponiendo su cultura y su lenguaje. No obstante, las huellas prehispánicas no desaparecieron por completo. Muchas de ellas se fundieron con las de los conquistadores para dar lugar a la emergente “cultura mestiza”, que se manifestó fuerte en el lenguaje. Son muchas las voces indígenas que aún usamos y que siguen ahí, recordándonos que sobreviven en nosotros rastros de nuestros antepasados precolombinos.

Hay palabras del náhuatl que permanecen casi intactas. Abundan en nombres de lugares (topónimos), como en Ahuacatlán ‘lugar de aguacates’, en Popocatépetl ‘montaña que humea’, en México ‘lugar de los mexicas, los que se encomendaron a Meztli (la luna)’, etc. También, en el lenguaje coloquial, recurrimos a nahuatlismos como el despectivo escuincle, ‘perro’, para referirnos a los niños; para decir “mucho” usamos “titipuchal”; nos gustan los “tamales” y, para explicar a un enamorado empedernido, decimos que ?le dieron toloache.

Hay otras palabras que nacieron por confusión o dificultad fonética. Por ejemplo, cuando los españoles llegaron a un lugar que los nativos llamaban Cuanahuac ‘junto a los árboles’, les pareció oír Cuernavaca y así la llamaron.

Otras voces surgieron al adaptarse palabras indígenas a los esquemas del español. Un buen ejemplo es tlapalería, la tienda en la que primero se vendió pintura y ya después material eléctrico, herramientas y otras chucherías. Este nombre se derivó del náhuatl “tlapalli” (color para pintar, pintura) y la terminación española “ería”, que encontramos en muchos establecimientos (tortillería, ?gasolinería, etc.).

De una naturaleza muy especial, son las palabras que se formaron con la mezcla de una voz náhuatl y una voz española. A éstas, los lingüistas las llaman “hibridismos”, pero ¿saben qué?, a mí me ha parecido bien llamarlas “palabras mestizas”. De esta índole es tecorral, palabra formada del náhuatl tepetl ´piedra´ y de la voz castellana corral. Es entonces tecorral, literalmente un corral de piedra y justo eso es lo que significa.

También de esta categoría es talacha, la palabra que abrió esta historia. En ella, el náhuatl tlalli ‘tierra’ y el español hacha, se fusionaron para formar “tlalhacha” y con ella nombrar al instrumento de labranza que se usa como hacha y azadón. Con él se rompe tierra dura y se vence la dureza de tallos y raíces.

Con el tiempo, tlalhacha se simplificó a talacha y, después, al tratar de masculinizar a la herramienta, nacieron las variantes talacho y talache. A la agobiante tarea de la labranza o de la excavación en las minas, se la llamó “hacer talacha”, de esta expresión se hizo metáfora y hoy la usamos para referirnos a cualquier trabajo rutinario, tedioso y que requiere gran esfuerzo físico.

No cabe duda, en el lenguaje se encierra nuestra historia. Las palabras nos hablan de nuestro pasado y, entre ellas, las palabras mestizas tienen especial relevancia porque son huellas vivas de nuestro origen.
 
cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos
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