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Fin de las campañas electorales y el corazón dolidoPor: Eloy Garza Latitud Miércoles, 2 de Junio de 2021 02:00 a.m.

Antier visité a mi cardiólogo. Chequeo de rutina. El médico me notó cansado, porque he abusado del trabajo. Ni los candidatos se esfuerzan tanto en los procesos electorales como nosotros los periodistas. 

Por fortuna, las campañas terminan hoy (de otra manera ellas habrían terminado con nosotros). Y el próximo domingo vendrá la jornada electoral para emitir nuestro sufragio. Una final de infarto. ¿Adrián? ¿Samuel? ¿Clara? ¿Fernando? 

El cardiólogo me recetó Wellbutrin, 150 miligramos, medicamento para animar a los periodistas cuando somos workaholics. Ese defecto nos sirve para apantallar a los lectores, aunque no sea cierto. Pero bromas aparte, es de cuidado.

Ayer opté por no ingerir la dichosa tableta de Wellbutrin y mejor leí en dos horas un librito que el filósofo David Hume escribió durante un solo día de abril, 1776, meses antes de morir. Se titula De mi propia vida y es un recorrido por su trayectoria vital hasta que don David se enfrenta a un grave quebranto orgánico, justo a sus 65 años de edad.

Sin necesidad de Wellbutrin, a un paso de la tumba, Hume escribe su librito reconociendo que la enfermedad mortal, pese al declive físico inevitable, no le ha restado energía a su espíritu indomable para seguir trabajando y aún recibe feliz a sus amigos en la sala de su casa.

Que Hume escribiera esa nota tan optimista siendo ya un desahuciado, como si fuera la cosa más natural del mundo (trabajar como si nada y estar alegre con las visitas de sus amistades) me hizo ver el Wellbutrin con otros ojos: me dio pena recurrir a métodos medicinales en vez de zambullirme en la filosofía.

Quien realmente es trabajador compulsivo más le vale meter en el fondo del cajón las tabletas de Wellbutrin, 150 miligramos, para sentarse a leer De mi propia vida, el pequeño librito que escribió en menos de 24 horas uno de los hombres más inteligentes de la historia.

Así contemplará el workaholic nuevos horizontes, verá lo efímera que es la vida (igual que las campañas electorales) y sabrá que siempre hay gente más profunda y sabia que uno, que nos habla desde la distancia de su siglo. O desde un anuncio electoral. 

Quizá porque la muerte llega de manera inesperada, los grandes hombres la reciben con naturalidad y con el mazo dando, sin cardiólogos ni medicinas, para trabajar con la misma rutina de siempre. 

O hasta que llegue el próximo domingo, cuando votaremos por nuestro candidato preferido y el cuerpo aguante, Dios mediante.

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