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Clima
Figuras en las nubesDomingo, 7 de Mayo de 2017 01:43 a.m.

La historia del niño que alguna vez se divirtió buscando figuras en las nubes puede ser la tuya, la mía o la de cualquiera. A todos, al menos alguna vez en la vida, nos ha atrapado la emoción de descubrir en la amorfa nubosidad la imagen de un elefante, de un pato, de un fantasma, de una bailarina o de cualquier otra cosa. 

Esa cualidad tan nuestra, de arrancar imágenes familiares a las configuraciones caóticas, no nos abandona nunca. Cuando menos lo pensamos, entre las manchas del techo se asoma una cara grotesca o reconocemos el perfil de un viejo conocido. A este efecto, que tanto le gusta a nuestro cerebro, lo llamamos “pareidolia”.

La palabra fue introducida en el argot de la psicología en la segunda mitad del Siglo XIX por el psiquiatra ruso Víctor Kandinsky (1849-1889) y, aunque aún no está hospedada en el diccionario, su uso se ha extendido desde entonces. Es de etimología claramente griega, se forma con  eidolon (“figura”, “imagen”) y el prefijo  par (“junto a”). Así que la idea implícita es: “imagen adjunta”. 
Con cierta frecuencia, corren noticias de que la Virgen o el rostro de Cristo se han aparecido en un comal, en una tortilla quemada, en un trozo de madera o en un muro despintado. Es virtud de la pareidolia explicar estas apariciones ‘milagrosas’ y así, cerrar la puerta a los charlatanes que buscan sacar beneficio de este fenómeno.

Hay pareidolias famosas que aún hoy son tema de discusión. Aquí recordamos que en 1977 causó sensación el descubrimiento de un “rostro” de piedra en una de las fotos de Marte tomadas por el Viking 1. Se trata, sin duda, de una formación natural, pero los fanáticos del fenómeno OVNI lo han tomado como evidencia de una supuesta civilización extraterrestre. 
Muchas montañas deben su nombre a la pareidolia, y de esto sobran ejemplos. En Monterrey tenemos el famoso Cerro de La Silla, nombrado así por los fundadores españoles porque les pareció una silla de montar; el Cerro de las Mitras, porque sus formas picudas recuerdan las mitras de los obispos, y qué decir del Cerro del Topo, que parece un topo echado.

De otros tiempos y de otra cultura es Iztaccíhuatl, el nombre de uno de los volcanes localizado en las cercanías de la Ciudad de México. Su origen es náhuatl y se compone de  iztac, “blanco” y  cihuatl, “mujer”, significando entonces “la mujer blanca”. A nuestros antepasados prehispánicos, la pareidolia les hizo ver en el volcán el perfil de una mujer acostada y blanca por la nieve eterna de sus cumbres. 
Un efecto similar se produce en el sentido del oído, que bien podríamos llamar “parafonía”, cuando al no entender ciertos sonidos, nuestro cerebro se las ingenia para darles un significado. De estas interpretaciones, que suelen ser divertidas, la sabiduría popular ha acuñado el refrán “El sordo no oye, pero compone”. 
Empiezo recordando una de mi cosecha: aquella ronda infantil en la que se cantaba “a pares y nones, vamos a jugar...”, en mis años de niño yo entendía: “Aparece “inornes”, vamos a jugar...”. En mi mente infantil, “inornes” era un personaje grotesco que siempre me tenía con la preocupación de que se fuera a aparecer en serio.

Elsa, una amiga, recuerda un canto que en una parte dice: “las aves alzan vuelo...”; ella cuenta que, por muchos años, ella escuchaba: “las aves al sambuelo... ”. Tardó para animarse a preguntar: “¿Bueno, y qué es el sambuelo?”. 
También, Pablo se acuerda de un canto guadalupano que reza: “...este cerro elijo, este cerro elijo para hacer mi altar”. Cuando niño, él escuchaba: “... este es el roelijo, este es el roelijo, ... ”. Por supuesto, nunca atinó a entender que o quién era ese misterioso “roelijo”. 
Después de estos testimonios, ya no suena a chiste inventado el que cuenta de un tipo tan tonto, tan tonto, que creía que “masiosare”, es un extraño enemigo. 





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