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Esos locos bajitos Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 15 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

Me refiero a los niños. En esta era increíblemente confusa, quizá son ellos los que nos enseñen a vivir. No pretendo glorificar a lo ingenuo, es algo más lo que he notado estos meses de confinamiento y penitencia social.

Los niños son frecuentemente utilizados en las grandes obras de arte, hay algo en ellos que nos vuelve humanos, demasiado humanos. Quizá sea esa fragilidad indestructible, si me permite usted la paradoja, o quizá sea ese motor interminable que les hace luchar contra todos los fantasmas del día sin sufrir derrotas notables.

Pienso en los niños de Velázquez o de Murillo en el Barroco español, esos niños imantados de belleza, esos niños que son reinventados por la luz divina que tanto usaron estos magníficos pintores para reflexionar sobre el dolor y sobre el amor por la vida en un mundo oscuro.

Pienso en Jim Hawkins el protagonista de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, pienso en ese arrojo inconsciente que habita en cada niño, en cada niña que se inventa un mundo dentro de un mundo adverso.

Pienso en el niño de La vida es bella, esa grandiosa e insoportable cinta de Roberto Benigni, pienso en esa capacidad de jugar en medio del precipicio, o en el niño del video de Pink Floyd Antoher brick in the wall, ese niño confundido pero valiente que intentaba defender la poesía en un mundo harto de sistema.

Pienso en la Alicia de Lewis Carroll enfrentada a un mundo incierto en el que debe luchar por comprender lo inexplicable; entonces asistimos a un espíritu que se estira, se disgrega y se pierde en los laberintos más extraños; sin embargo, persevera, se moviliza y cambia con cada escenario. Pienso en el niño de La historia sin fin, en Atreyu, el guerrero que debe enfrentar a la nada, y su batalla es por preservar el derecho a imaginar, a soñar, a fabular.

Pienso en Macario de Rulfo, cortado del mundo de la razón, atrapado en el impulso eterno, viviendo siempre la vida al límite, aferrado a la potencia pura del instinto; pienso en su contrario Lisa Simpson intentando remendar el mundo hostil que generan los adultos mientras su amor por la verdad se derrumba y se construye en cada capítulo de la serie.

Pienso también en los niños de Buñuel, en Los olvidados, si nos hiere la cinta es porque "El Jaibo" y el niño Pedro tienen cancelada la ocasión del juego, o más bien el juego se transformó en violencia, en jaula de hierro y, en la mirada de Buñuel, la verdadera brutalidad es un niño que juega con la muerte a la vista de todos, crucificado entre el progreso, la moral imbécil y el abismo del olvido.

Pienso en los miles de niños que inspiraron a los grandes poetas, músicos y escritores del mundo, en todos ellos hay una flama inapagable, un impulso que no puede ser limitado ni si quiera por las peores guerras, ni por las pandemias ominosas.

Esa es la parte que quizá impide que se derrumbe todo, esa parte de niño que nos queda. Esa parte incontenible del que juega en medio del abismo y del caos. Si habremos de superar esta crisis con todos sus dolores, con toda su incertidumbre, con toda su miseria, depende directamente de la capacidad de reinventarnos en medio de la gran boca oscura que parece tragarnos cada día. Habría que intentar parecernos más a esos locos bajitos que andan por la vida retando a la crisis con sus juegos eternos. Quizá, después de todo, como dice el gran Nietzsche, "La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño".
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