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Entre 'azares'Domingo, 3 de Septiembre de 2017 00:12 a.m.

Aletargado por sus pensamientos, reposaba al pie de un hermoso naranjo. Una extraña comezón en su rostro lo hizo abrir los ojos. Vio una flor del árbol que, desprendida por el viento, había detenido su caída justo ahí, en la punta de su nariz. Empezó así aquel diálogo imposible. 

–Te ves cansado –dijo la flor–. Sí, lo estoy. No es poca cosa dedicarse a guarnecer de incertidumbre a la existencia –¿Qué?, eso se oyó muy apantallador, pero no entendí nada, ¿me puedes explicar con manzanitas? –La vida, para seguir siendo vida, necesita generar posibilidades, de esas muchas terminarán marchitas, pero habrá otras que florecerán y continuarán este eterno ciclo. Este juego necesita de la variabilidad que engendra la incertidumbre y ahí es donde entro yo. 

– ¡Uf! Si esas son las manzanitas… Nunca había conocido a alguien tan extraño, mejor dime quien eres–.  Aunque a veces se refieren a mí por otros nombres, los más me llaman AZAR. 

Invadida por recuerdos milenarios, la flor hizo una pausa y al fin se animó a decir –Y tú ¿sabes quién soy yo?–Supongo que una flor. –Sí, pero ¿cómo me llamo?– No lo sé, soy azar, no adivino. –Me llamo AZAHAR–contestó con orgullo y solemnidad la flor. 

Sorprendido, el AZAR respondió: –Es curioso que nuestros nombres se parezcan tanto, pero… son cosas del azar, por no decir que son cosas mías –dijo sonriendo. 

–Espero no contrariarte –replicó la flor– pero esto no es cosa tuya, aquí no jugó la suerte. –No te entiendo–replicó con desdén el AZAR –Tú eres una flor y yo… soy algo abstracto, intangible, sin duda nos dedicamos a cosas muy diferentes –¡Vaya! Veo que tu intensa actividad te ha hecho olvidar la historia. Pero no importa, te la contaré otra vez. 

–En la antigua Arabia me llamaron “az-zahr” que significaba: “la flor brillante”. En aquel tiempo, los hombres del desierto gustaban de jugarse la suerte lanzando un dado, que en su cara desfavorable tenía mi imagen, una flor de naranjo. Por eso al dado también lo llamaron “az-zahr”. El juego de dados ponía a los hombres cara a cara con la incertidumbre, por eso la palabra azar pasó a nombrar a cualquier hecho fortuito y desfavorable. Con el tiempo, esta voz nombró a lo impredecible, ya sin importar si era bueno o malo. ¿Lo ves ahora? Así fue como nació tu nombre. 

–¡Caray!, así que tengo nombre de flor –exclamó ruborizado el AZAR– por favor no se lo vayas a contar a nadie. Ahora tengo que irme, hoy hay un partido de futbol y ahí también juego y “aquí entre nos”, me divierte ver que, por no entenderme, los hombres buscan culpables entre ellos cuando las cosas no salen como les indica su lógica. Algunos me confunden con el caos, otros con el destino y sólo soy la trampa que la variabilidad le pone al entendimiento. Bueno, pero ya basta de “filozoncear”, un gusto conocerte. 

–Antes de despedirnos –dijo con melancolía la flor– debo agradecerte que me buscaras, fue un buen gesto de tu parte. 

– ¡Oye, yo no te busqué! Nuestro encuentro se dio por designios del azar… quiero decir… ¡Bah! ¡Hasta luego! 

–Hasta luego –dijo la flor, esbozando una pícara sonrisa. 


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