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Encontrar a Cristo Por: P. Alejandro Ortega Trillo Alejandro Ortega TrilloLunes, 18 de Enero de 2021 02:00 a.m.

¡Lo encontramos! —exclamó Andrés. Junto con Juan, había seguido a Jesús para ver dónde vivía. Y aquel primer encuentro le cambió la vida. El propio Juan, al narrar esta escena en su evangelio, pone en labios de Andrés el verbo griego "eurékamen" (del que procede la conocida expresión "¡eureka!"). Sí, por fin había encontrado al Mesías (vocablo arameo que se traduce "Cristo" en griego, y en castellano significa "ungido").

A partir de entonces, Andrés y Juan, y los apóstoles, y los discípulos de la primera comunidad cristiana, y todos los que les han seguido a lo largo de 21 siglos, no han dejado de hablar de su encuentro personal con Cristo. 

El papa Benedicto XVI, en la misa inaugural del "año paulino", en 2008, aludió en este sentido a la experiencia de Pablo: "Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Todo lo que hace san Pablo parte de este centro. Su fe es la experiencia de ser amado por Jesucristo de un modo totalmente personal... Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios y sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios en su corazón".

Quizá hoy, más que nunca, nos urge renovar nuestro encuentro personal con Cristo; un encuentro señalado por el encanto de su persona, la vivencia de su amor, la fuerza de su gracia, la calidez de su perdón, el consuelo de su compañía, la lucidez de su doctrina, el don de su paz y la alegría de su salvación, por mencionar sólo algunas de sus dimensiones. 

Pero ¿dónde encontrar hoy a Jesús? En todas partes. No hay espacio humano que no sea idóneo para tal encuentro: la familia, el trabajo, el sufrimiento, el éxito, la contemplación de la naturaleza, etc.; pero, muy especialmente, la oración, que nos permite encontrarlo en la intimidad de nuestra alma; la cruz, para encontrarlo en la profundidad de nuestras penas, y la caridad, para encontrarlo en la necesidad de nuestros hermanos.

Dios quiera que este año 2021, todavía en pañales, sea la ocasión para encontrar de nuevo a Cristo; o quizá, mejor dicho, para dejarnos encontrar por él.

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