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En la punta de mi acero...Domingo, 5 de Marzo de 2017 02:15 a.m.

Si alguien me hubiera dicho que aquel día yo compraría una espada, me hubiera reído a carcajadas; pero la compré. Era una espada vieja y oxidada. La tenía un vendedor de viejo entre un montón de cachivaches en aquel tianguis dominguero. La vi de reojo y me pareció ver en ella unas letras grabadas. Me detuve a verla con calma y sí, ahí había una frase que el óxido no dejaba leer. Con palabras pensadas, me dije: “Si ya saben cómo soy, para qué me andan poniendo estas cosas enfrente”. Y, ya sabrán, ese día llegué a casa con una espada vieja y oxidada.

Impaciente, preparé una mezcla de vinagre con azúcar y, con una fibra para lavar trastes que me volé de la cocina, procedí a quitarle el óxido. De algo tenían que servirme esos cinco años que estudié en la Facultad de Química, aunque, pensándolo bien, creo que eso de la mezcla “quitaóxidos” lo había leído en la parte trasera de una hojita de calendario, de esos que tienen una para cada día. Bueno, ese lustro de estudios en la Universidad, tendrán que esperar otra oportunidad.

Mientras tallaba con vigor en busca de la frase escondida, recuerdos muy viejos aparecieron: Mi abuelo contándonos la recurrente leyenda de la espada de Pancho Villa. Con mucha seguridad nos decía que tenía grabada la frase “Donde esta víbora pica, no hay remedio de botica” y, siempre, después de decirlo, esbozaba una sonrisa y se nos quedaba viendo a ver qué cara poníamos. Yo entendía que había que ponerla de sorpresa, como la primera vez que nos lo contó. No podíamos negarle ese gusto. Ahora sé que era costumbre grabar en muchas espadas esa y otras típicas frases, pero no he encontrado evidencia de que una de ellas perteneciera a Pancho Villa, aunque no sería nada raro que así fuera. Pero, mi espada oxidada, ¿qué frase escondería?

Por fin, después de una intensa friega, la espada dejó ver la primera parte de la frase: “En la punta de mi acero…”. Es claro que aquí acero es ‘espada’, pero despertó una duda: ¿El material le dio el nombre al arma o el arma al material? Un poco de investigación me dio la respuesta.

La primigenia raíz indoeuropea *ak, encerraba el concepto de ‘puntiagudo’. En latín, de ahí muchas palabras nacieron y luego pasaron al castellano. Una de ellas fue “acus”, el objeto puntiagudo que sirve para remendar. Su diminutivo fue “acucula”, que fue la que en castellano se dijo ”aguja”, de la que después se derivarían “agujero” y “agujeta”.

Otras palabras ‘puntiagudas’ en las que se reconoce la raíz *ak, son: “aguijón”, “acupuntura”, “agudo” y “agudeza”; y hay otras palabras que metafóricamente pican como una aguja, y por eso también comparten esa raíz: “ácido”, “agrio”, “acre”, “acético” y “acedo”.

De particular interés para nuestra historia es “aciarium”, palabra de esta familia que significa “arma puntiaguda y filosa”, que en español se dijo “acero” y pasó a ser sinónimo de espada. Fue después que este nombre se le transfirió al material, combinación de fierro y carbón, del que se hacían estas armas. Así que el arma le dio nombre al material y, desde entonces, los aceros se hacen de acero.

Pero volvamos con la espada vieja y oxidada. Les cuento que hoy, reluciente, ocupa un lugar en mi biblioteca. Ya no muestra el menor rastro de óxido, todo fue cuestión de inhibir la reacción de oxidación del fierro con una laca (aquí sí sirvió la química). Ahora sí cualquier curioso puede acercarse y leer la frase completa: “En la punta de mi acero, se ensarta el más duro cuero”.


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