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´El terco que se empecina, al fin encuentra la mina´Domingo, 28 de Septiembre de 2014 01:24 a.m.
¿Será bueno o será malo?... Quién sabe, todo depende de la situación. Pero hay personas que son tercas como una mula y no dan su brazo a torcer hasta que, una de dos: o consiguen lo que se proponen o se estrellan contra la imposibilidad de su propósito.

Para este atributo, el lenguaje popular ha acuñado palabras de todos colores y sabores. Por mencionar algunas: del latín integricare (entero, duro) se dijo entercarse (mantenerse duro), y de ahí la voz terco; idea similar se guarda en tenaz, que deriva del latín tenax (lo que aprieta fuerte, como tenazas); en el lenguaje popular se dice “amachado” y “amachinado”, ambas en alusión a la terquedad de un macho, la contraparte masculina de una mula. También tenemos empecinado, palabra que significa lo mismo y cuya interesante historia hoy pide ser contada.

En la provincia española de Valladolid hay un antiguo pueblo llamado Castrillo de Duero que moja su tierra con las aguas del río Botija. Son aguas fluyen sin prisa y esta mansedumbre ha dejado que balsas de cieno negro se formen en su rivera. Estos cúmulos de lodo negro, conocidos como pecinales, fueron la razón por la que desde muy antiguo a los nacidos ahí despectivamente los llamaran los empecinados, de otro modo pudieron ser ´los enlodados´. Pues bien, de esta suerte fue Juan Martín Díez, que al ser oriundo de estas tierras, pasó a ser otro  ´empecinado ´ como todos sus coterráneos.

En plena madurez tocó a Juan Martín vivir el momento histórico en que las tropas de Napoleón, a principios del Siglo XIX, invadieron España. No dudó nuestro personaje en tomar las armas y defender la soberanía de su país.

Pronto su inteligencia, su arrojo y su terquedad lo llevaron a conseguir grandes victorias contra el ejército invasor. Esto lo convirtió en héroe popular a quien todos conocían como El Empecinado, y al poco el mote pasó a todos los patriotas que combatían a su lado. Así, los empecinados entonces fueron vistos con admiración.

Cuando terminó la guerra con Francia y el rey Fernando VII pudo recuperar su trono, El Empecinado fue ascendido a mariscal de campo. Parecía que todo iba bien para él, pero poco le duró el gusto. Cuando el rey despreció el orden constitucional que había jurado y restableció el absolutismo, Juan Martín volvió a tomar las armas, pero ahora contra el rey.

Fernando VII, tratando de recuperarlo para su causa, le ofreció un millón de reales y el título de conde para que se pusiera a su servicio. El Empecinado que era un hombre de convicciones respondió: “Díganle al Rey que si no quiere la Constitución, no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos”.

El rey nunca olvidó el agravio y lo persiguió hasta encarcelarlo en el pueblo de Roa, donde hubo de soportar vejaciones y humillaciones y al final fue ejecutado en la horca. «¡¿Es que no hay balas en España para fusilar a un general?!». Fue el último grito de Juan Martín.

Acabaron con la vida de El Empecinado, pero no con la profunda huella que dejó en la historia de España, y como un eterno homenaje, el lenguaje popular convirtió su mote en la palabra “empecinado”, que hoy es la cualidad de «obstinado, terco y pertinaz», así como fue Juan Martín Díez.

Innumerables cosas que hoy tenemos y hoy sabemos son hijas de la terquedad, y a la pregunta ¿será buena o será mala? El lenguaje popular ya ha respondido con los refranes “El que porfía caza venado” y “El terco que se empecina, encuentra la mina”.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:
Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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