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El príncipe del silencio Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 17 de Diciembre de 2020 02:00 a.m.

Hace unos días murió el cineasta Kim Ki-duk, sin embargo, no es la muerte lo que habita mis letras, es la vida; al final la vida siempre prevalece. 

El cine de Kim Ki-duk es de una belleza tan alta que este tiempo nuestro, apresurado y turbio, no merece en lo absoluto. Su cine es siempre un descubrimiento. Cuando nos acercamos a su mirada descubrimos, quizá por primera vez, el sonido profundo y alentador del silencio. Kim nos obliga a callar, lo necesitamos. En su aclamada cinta traducida en México como "Las estaciones de la vida" este silencio azul y fundamental se abre ante nuestros ojos para llenarnos de maravillas sin las cuales tal vez sería imposible seguir vivo. La cinta es una conmoción de baja intensidad, sus personajes navegan el silencio, lo hacen suyo, luego, el dulce navegar se vuelve torrente maldito para posteriormente acabar de nuevo en un silencio aún más profundo que el inicial.  

Paradójicamente, el silencio de Kim está preñado de inclemencia. Nos encontramos entonces con la condición humana en su dimensión carnal hasta lo sumo. Por mis apreciaciones iniciales se pudiera pensar que el silencio y la ensoñación descrita nos dirigen hacia los territorios de la fuga trascendental. Nada más alejado de la verdad, la mirada de Kim perfora el mundo y nos coloca en el centro de una visión que súbitamente nos hermana con él, con su país, con su vida: el drama social en un mundo de desamparados. Y es que Kim nos lleva al templo del silencio para luego depositarnos en la arena de la lucha por la vida, la fachada preciosista de sus cintas son lo que arropa el verdadero juego existencial.

Según este cineasta, dentro de la belleza aparece la demoledora e inaplazable guerra entre clases. Esta inversión de los principios básicos de la belleza y su utilización en la forma artística es un hallazgo genial que también aparece en nuestra tradición cinematográfica, aunque con otras coordenadas iniciales. Kim es hermano de sangre de directores como Ismael Rodríguez, en cintas tan entrañables como El hombre de Papel o La trilogía de Pepe "El Toro", pero también del primer González Iñárritu y del último Cuarón. Ambos países, Corea y México, sufrieron los estragos de los choques internos que aparecieron ante el avance arrasador de la economía de mercado en un mundo que no estaba listo para semejantes desajustes. Así, en nuestros países, el choque entre clases es inevitable, violento, estremecedor y generalmente impracticable, pero en la mirada de dichos directores vuelve al centro del debate espiritual. Kim nos sugiere una vía de acceso fundamentada en el amor y la fraternidad, Rodríguez y Cuarón establecen una respuesta similar, Iñárritu plantea que la sociedad esta destinada a desangrarse y encontrar algún atisbo de sabiduría antes del final. Incluso Parásitos, la cinta ganadora del Oscar, persevera en el camino planteado por Kim y explorado por los directores mexicanos. No es casual, nuestras sociedades están destinadas a reflexionar continuamente sobre el complejo tema de las relaciones de sus ciudadanos entre sí.

Personalmente le debo a nuestro director el haberme regresado el amor al cine. Como todos, mi mirada sufrió el embate del terrible cine comercial que carcome con su cáncer apresurado cualquier intento de rebelión contemplativa. Un día, por azar, encontré la obra de Kim Ki-duk, quien con su silencio azul y libertario convirtió en un lago lo que estaba condenado a ser ceniza.

@samuelrodriguezdiciembre

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