OpenA
icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
El lenguaje de la muertePor: Padre Francisco Gómez Hinojosa Siete PuntosJueves, 25 de Febrero de 2021 02:00 a.m.

1. La semana pasada inició la Cuaresma, el camino hacia la Pascua. Ésta es el paso –eso significa la palabra– que dio el pueblo judío a través del mar Rojo para transitar de la esclavitud a la libertad, y que se convirtió en el recorrido por Jesucristo desde su muerte a su resurrección. Aquélla, entonces, es fundamental en el proceso pascual. Es por ello que, ante los números crecientes de fallecimientos en Nuevo León y en el país, me ha llamado la atención el lenguaje que utilizamos para informar la muerte de una persona. Veamos.

2. Están las expresiones de corte religioso. “Fue llamado a la casa del Padre o partió a la casa del Padre”, es la que se utiliza para comunicar el deceso de un sacerdote. Recuerdo también la empleada por una monjita, cuando un niño perdió la vida en un accidente. Les dijo a sus compañeritos del salón que Dios necesitaba un angelito para completar su equipo de futbol en el cielo, y por eso se lo llevó. No sé si los infantes le creyeron a la maestra, pero fue una forma muy delicada y tierna de explicar la tragedia.

3. Tenemos la filosófica, combinada con un poco de literatura. Alguien fallece y el compadre experto en discursos, con la voz engolada, después de alabar las muchísimas cualidades del difunto –y de ocultar sus defectos, también numerosos– pontifica afirmando que “concluido el periplo por esta tierra del amigo que se aleja, descansa ahora en algún espacio recóndito del universo. Se nos adelantó en un camino que todos tendremos que recorrer algún día y –remata– cruzó el puente por el que es imposible no transitar”.

4. Tenemos la información con contenido bélico. Perece una persona después de una larga agonía, y sus amistades envían el siguiente mensaje: “sin dejar de luchar como un guerrero durante años contra el feroz enemigo que es el cáncer, por fin, agotadas sus fuerzas pero resistiendo hasta el final, perdió la última batalla”. Otras voces menos elogiosas dicen que el enfermo “tiró la toalla”. ¿Y quien, haciendo valer su derecho, decide no exponerse a tratamientos médicos invasivos que sólo prolongan la vida de manera innecesaria?

5. Por último, está la insinuación cargada de resentimiento, otorgadora de culpabilidad. Conozco un viudo que amaba –y necesitaba de, pues le hacía todo– a su esposa, quien falleció por Covid. Cuando narra su partida se refiere a ella como quien se fue, se marchó, lo dejó, todavía más, se largó abandonándolo a su suerte, incumplió con lo acordado hace años de que sería él el primero en salir de este mundo. Además de fallecida, la difunta resulta culpable. Sólo falta que el viudo la demande en el cielo por abandono de hogar.

6. Yo apuesto por una muerte, un fallecimiento, sin adjetivos ni connotaciones. Todos vamos a morir, tarde o temprano, y ni es un castigo divino, ni culpa nuestra. Es la consecuencia de nuestro ser contingentes, falibles, débiles y vulnerables que, así como estamos llamados a vivir con plenitud, así también lo estamos a morir con dignidad. Quitémosle a la muerte cualquier carga negativa. Ya suficiente dolor sentiremos al fallecer y provocaremos en nuestros seres queridos, como para agregarle calificativos tremendistas.

7. Cierre ciclónico. Se acercan dos fechas importantes en el mes de marzo. El viernes 5 inician las campañas electorales, que culminarán el día de la votación, el 6 de junio. Y el lunes ocho es el Día Internacional de la Mujer. Ambos eventos estarán marcados por una notoriedad inusual. El primero, como habitualmente sucede pero en esta ocasión con más intensidad, estará salpicado de ataques y descalificaciones. El segundo superará, creo, la ola de indignación femenina que nos bañó el año pasado. Veremos.

papacomeister@gmail.com

OpenA