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El hombre, sediento de DiosPor: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 8 de Enero de 2021 02:00 a.m.

Hoy reflexionamos sobre la riqueza espiritual y teológica del bautismo, iluminados por los gestos, símbolos y signos del bautismo de Jesús; las lecturas nos hablan de tres aspectos importantes, el Espíritu Santo, la sangre y el agua que ocupa el puesto central. 

En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas. San Juan en su primera carta nos dice que “Jesús vino por agua y sangre” y que “tres son los que dan testimonio de Jesús: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo”. En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. 

El hombre es un ser naturalmente sediento: sediento de gozo y felicidad, sediento de salud y estabilidad, sediento de justicia y de paz, sediento de eternidad, sediento de Dios. “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha de no cesar de buscar”, leemos en el catecismo. Esta sed de Dios nadie la puede apagar, si no es el mismo Dios. Por eso, Dios, a través de Isaías, invita y exhorta a los hombres: “Vengan por agua todos los sedientos... presten atención, vengan a mí; escúchenme y vivirán”.

El agua que apaga la sed del hombre es el agua del bautismo. Jesús, quiso sumergirse en esas aguas de purificación, no por ser él pecador, sino por haber cargado con el pecado del mundo. En las aguas del Jordán, en las que Cristo se sumergió, la humanidad entera se sumergió en él y con él, y quedó purificada de su pecado. Jesús, el Santo de Dios, además santificó las aguas del Jordán, y así la sed de santidad que todo hombre tiene comienza a satisfacerse con el agua del bautismo y busca apagarse con el agua del Espíritu, a través de una existencia espiritual; es decir, guiada y promovida por el Espíritu de Dios.

¿Basta el agua para apagar la sed? En la existencia cristiana se añade la sangre, esa sangre que, junto con el agua, brotó del costado de Jesús en la cruz. Del costado de Jesús, atravesado por una lanza, manaron, nos dirán los Padres de la Iglesia, dos sacramentos: el bautismo y la eucaristía. Ellos forman, junto con la confirmación, los sacramentos de la iniciación cristiana. Ahora ya no sólo el hombre tiene sed de Dios, sino que tiene sed del Dios, revelado en Jesús, “imagen perfecta de su ser” leemos en la carta a los Hebreos. “Beban todos de ella (la copa), porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados” renovamos este mandato de Jesús en cada Eucaristía.

“Los tres están de acuerdo: agua, sangre y espíritu” leemos en la carta de San Juan. ¿En qué consiste este acuerdo? En revelar el amor de Dios, que se nos ha hecho visible en Cristo Jesús. En efecto, el agua (bautismo de Jesús) y la sangre (crucifixión de Jesús) manifiestan que la humanidad de Jesús es una humanidad como la nuestra, contra toda idealización platónica o toda manipulación gnóstica. El Espíritu, por su parte, que viene del cielo, revela que ese Jesús, enteramente hombre, es el Hijo en que Dios tiene todas sus complacencias. ¿En qué consiste este acuerdo? Consiste además en que el Espíritu es quien da eficacia al agua para purificar del pecado y a la sangre para saciar la sed de redención. “El Misterio de salvación se hace presente en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo” y “la misión del Espíritu Santo es hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo con su poder transformador” leemos en el catecismo; en la meditación y reflexión de estas realidades espirituales fundamentamos la riqueza teológica y espiritual del bautismo, donde el hombre es saciado de su sed humana con el agua que brota del corazón de Dios.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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