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El GritoDomingo, 14 de Septiembre de 2014 01:54 a.m.
El 2 de octubre tendría que esperar otro momento de la historia para ser inolvidable. La conjura había sido descubierta y había que actuar de inmediato.

Ya no sería en San Juan de los Lagos como estaba previsto. Ahí mismo donde residía, en Dolores, la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo hizo resonar las campanas de la iglesia para llamar al pueblo a tomar las armas e iniciar la lucha por la independencia. A este evento de la historia de México, se le conoce como El Grito de Independencia. Esta remembranza nos da pretexto para revivir una historia más antigua, la que dio origen a la palabra grito.

Viajemos con la imaginación a los legendarios orígenes del Imperio Romano, cuando Rómulo, uno de los gemelos que creció al amparo de una loba, hizo la fundación de Roma. Fundar una ciudad no es fácil, muchos problemas hay que resolver y uno que le quitaba el sueño a Rómulo era que andaban escasos de mujeres. Eso no era bueno para una ciudad que aspiraba a convertirse en un imperio. En un momento de inspiración, pensó: “si aquí faltan mujeres, vamos a traerlas de donde sí hay”.

Entonces se le ocurrió organizar unos juegos e invitar a los pueblos vecinos, eso daría oportunidad a los jóvenes romanos de entablar relaciones “amistosas” con las chicas visitantes, lo demás se daría por añadidura. Los sabinos, que al parecer eran medio conchuditos, aceptaron la invitación romana y llegaron con ancianos, mujeres, niños y hasta perros, pericos y gatos (bueno, eso ya fue de mi cosecha). La bebida era por cuenta de los anfitriones, así que no era oportunidad para ser desaprovechada: ni tardos ni perezosos, los sabinos se entregaron a los deleites bacanales hasta que, como era de esperarse, se pusieron “hasta atrás”.

Mientras tanto, los jóvenes romanos fueron a lo suyo y tanto se aplicaron que hasta los más feos se conchabaron a una sabina. En cierto punto, cuando ya todo era calma y ronquidos, se dijeron entre sí “aquí se rompió una taza, que cada quien cargue a su sabina y se vaya para su casa”. A este episodio se le conoce como “El rapto de las sabinas” y hay quien asegura que de este momento nació la costumbre de que el recién casado entre a casa con la esposa en brazos, como si la hubiera raptado.

El caso es que, cuando los sabinos volvieron a la cruda realidad, enojados y con dolor de cabeza, se aprestaron para lavar la afrenta; pero cuentan las viejas crónicas que las sabinas raptadas, al ver que no la pasaban tan mal, se interpusieron entre los dos bandos e intercedieron para que las cosas no llegaran a mayores. Mucha historia se ha escrito por la intervención oportuna y persuasiva de las damas y este es un ejemplo más. Los ánimos se apaciguaron y Rómulo se dio un abrazo con Tacio, rey de los sabinos. Los pueblos se unieron y ambos reinaron en armonía mientras se pudo. A partir de este evento, a Rómulo se le conoció como Quirino, que en lengua sabina quiere decir ´el de la lanza´, y a los ciudadanos romanos los llamaron ´quirites´, como decir ´los de Quirino´.

Cuando alguna amenaza inquietaba a los sabinos, éstos de inmediato solicitaban la protección de los ciudadanos romanos gritando “¡Quirites, quirites!” y éstos acudían al llamado (¿a poco creían que las sabinas les iban a salir gratis?). Por eso a este clamor se le llamó “quiritor”, palabra que, con el tiempo, en castellano se convirtió en nuestra palabra ´grito´.

Pronto celebraremos el Grito y en México es día de asueto, hay que preparar la fiesta y la bebida, que es de justicia brindar por una palabra con tanta historia. ¡Salud!

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN: Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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