icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
El espejo, el lavabo y yoDomingo, 24 de Julio de 2016 00:40 a.m.
Aquel día de intenso calor volvimos a coincidir: el espejo, el lavabo y yo. Un exótico triángulo de reincidente aparición, pero aquella vez fue diferente. Con normalidad dejé correr el agua fría y con ambas manos mojé mi cara. Levanté la vista y vi el reflejo de mi rostro remojado, pero a poco, algo ocurrió y todo desapareció. Solo estaban conmigo el espejo y el lavabo.

De algún modo se las arreglaron para que así fuera. Era su forma de reclamar mi atención para que hurgara en sus respectivas historias y yo, que no me hago mucho del rogar, accedí a sus pretensiones.

El espejo es de tiempos muy antiguos. Ya se lo menciona en la Biblia. En Éxodo, 38, dice acerca de Moisés: «Hizo también la pileta y la basa de bronce, con los espejos de bronce pulido de las mujeres que servían a la entrada de la Tienda de las Citas». Como objeto, es muy interesante y aunque de él se han escrito 1,000 cuentos y se han contado 1,000 historias, no menos fascinante es su nombre, que nos remite a la arcaica raíz *spek ‘observar’.

Tras una larga evolución, de tal raíz, en latín se formó el verbo specere, que significaba ‘mirar’ y de ahí se acuñó speculum, para nombrar al objeto que tenía la cualidad de reflejar imágenes. Así que speculum, que luego en castellano se dijo espejo, literalmente significa ‘objeto donde nos miramos’... ¡Vaya!, lo sospeché desde un principio. Es pariente de palabras como: inspeccionar, especular, espectro, aspecto, solo por mencionar algunas. Todas ellas, comparten la huella genética spec que encierran el primitivo concepto de mirar.

Después de lo generoso que fue el espejo para darnos de qué hablar, sentí pena por el lavabo, ¿qué se puede escribir de un objeto tan desabrido?, –así pensé–. Por eso, fue grato encontrar escondidos, en palabra tan trivial, detalles históricos que a mi juicio cuentan una sorprendente historia. Pero, ustedes dirán.

Lo curiosos es que, lavabo, tiene su origen en un verbo latino y no en un sustantivo. Resulta que es la conjugación del verbo latino lavare, en primera persona de singular y tiempo futuro. Es decir, lavabo significa literalmente: ‘lavaré’! ¿Y cómo pudo ocurrir esto?... ahí va la historia:

En principio, todo se lo debemos a la liturgia católica. Cuando la misa se decía en latín, antes del Concilio Vaticano II (1965), el sacerdote, tras el ofertorio, se mojaba los dedos con un poco de agua para purificar sus manos, mientras, recitaba una parte del Salmo XXV que dice: «Lavabo inter innocentes manus meas» que significa ‘lavaré mis manos entre los inocentes’. Después, tomaba una toallita para secarse. El pueblo, que de latín no sabía “ni papa”, relacionó la palabra con el acto de lavarse las manos y, en algunas partes, supusieron que lavabo era el nombre de la toallita, y así la llamaron. Otros de plano llamaron lavabo a la habitación donde la gente se lavaba y se aseaba; pero lo que perduró en nuestra lengua, fue la asociación que se hizo de la palabra con al aparato sanitario en el que nos lavamos y que casi siempre tiene por compañero un espejo.

Aquel día de intenso calor, como tantas otras veces ahí estábamos: el espejo, el lavabo y yo. Un extraño triángulo del que habrían de brotar estas letras.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos
OpenA