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El cacharpoDomingo, 2 de Diciembre de 2018 01:14 a.m.

“¡Súbale, súbale, va vacío, trae lugares, pásele pa’ atrás… esos que iban a bajar en el periférico, ya nos pasamos…!”. Frases como estas son gritadas a todo pulmón por los cacharpos, folclóricos personajes del paisaje urbano de Ciudad de México que son fieles escuderos de los choferes que conducen los camiones de pasajeros en aquella ciudad.

Los cacharpos, que en el argot de aquellos lares también son llamados chalanes o chiflamuertos, se encargan de las relaciones públicas en ese submundo que gira dentro de los camiones urbanos. Con sus gritos alientan a los pasajeros a abordar la unidad, los invitan a acomodarse, les cobran el pasaje, les avisan de la llegada a un destino y sólo callan cuando toman la palabras los asaltantes que de vez en vez suben para despojar a los viajeros de sus pertenencias.

“Cacharpo”, curioso nombre el de estos vocingleros y más curiosa la historia que nos cuenta como, desde muy lejos, llegó esta palabra a las calles capitalinas. El viaje empieza hace muchos siglos en tierras sudamericanas, allá donde en los cielos reina el cóndor y en la tierra pastan las llamas.

En tiempos prehispánicos, aquellos lugares amparados por las montañas andinas eran de los quechuas o incas como también los conocemos. En este pueblo, tenían por costumbre que cuando uno de ellos tenía que viajar a otro lugar por cuestiones militares, religiosas o de negocios; se celebraba una ceremonia a la que llamaban cacharpayani o cacharpaya, palabras que encierran el concepto de despedida.

Estas cacharpayas no son cosas del pasado, en algunos pueblos andinos aún tienen vigencia. Llaman así también a las danzas y canciones que conforman estas ceremonias. Durante la guerra del Chaco (1932), los soldados bolivianos componían cacharpayas para despedirse de sus parejas al irse a la guerra. Aunque son cantos de tono triste, los soldados las cantaban con alegría en los trenes que los conducían a los campos de batalla. Una de ellas dice así: Estos muchachos se van, se van, para no volver jamás, jamás. ¡Palomita! Para que vuelvan algún día tendrán que hacer otra fiesta. ¡Palomita! Estos muchachos se van, se van, para no volver jamás, jamás, a este pueblo tan querido, a este pueblo tan queridoooo...”.

Pero volviendo a nuestra historia, sigue decir que aquellos viajeros que caminarían grandes distancias, se cuidaban de sólo llevar cosas ligeras y necesarias. A estas las llamaban cacharpas, nombre también asociado con las cacharpayas, como decir cosas para despedirse o cosas para viajar.

Debió ser que las cacharpas que cargaban aquellos caminantes solían ser cosas simples, de poca valía, porque la palabra pasó a ser sinónimo de cachivaches, tiliches o chivas que se usan para nombrar objetos poco apreciados.

Como muchas otras palabras quechuas, cacharpa viajó a tierras mexicanas en donde, para nombrar a las monedas de baja denominación, se adoptó la voz cacharpitas, que pronto se integró al argot de los choferes de camiones urbanos.

Por sus tintes desdeñosos, cacharpa quedó que ni mandada a hacer para nombrar a los asistentes de los choferes, que así pasaron a ser los cacharpos, aquellos personajes que con sus gritos son parte de la sinfonía urbana de Ciudad de México: “¡Súbale, súbale, va vacío, trae lugares, pásele pa’ atrás… esos que iban a bajar en el periférico, ya nos pasamos…!”.


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