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Ecumenismo, el camino a seguirDomingo, 10 de Febrero de 2019 02:13 a.m.

Fui muy bendecido durante mi formación teológica por haber tenido el privilegio de tomar clases de dos reconocidos estudiosos católicos, Avery Dulles y Raymond E. Brown.

El primero era un eclesiólogo cuyos libros a menudo se convertían en libros de texto que se prescribían para su lectura en seminarios y escuelas de teología. El último era un erudito de las Escrituras, cuya erudición se destaca, casi singularmente, todavía casi 30 años después de su muerte. Nadie cuestiona la erudición, la integridad personal o el compromiso de fe de estos hombres.

Estaban en diferentes disciplinas teológicas, sin embargo, lo que compartían, aparte del gran respeto de los eruditos y las personas de la iglesia en todas partes, era una pasión por el ecumenismo y una capacidad para formar amistades profundas e invitar a un diálogo cálido a través de todo tipo de estructuras denominacionales e interreligiosas. Sus libros se estudian no sólo en los círculos católicos romanos, sino también en escuelas de teología y en seminarios protestantes, evangélicos, mormones y judíos. Ambos fueron profundamente respetados por su apertura, amistad y amabilidad hacia aquellos que tenían puntos de vista religiosos diferentes a los suyos. De hecho, Raymond Brown pasó sus años más productivos enseñando en el Union Theological Seminary en Nueva York, incluso cuando él, un sacerdote sulpiciano, más que nada apreciaba su identidad católica romana y su sacerdocio. Después de perder a su propio padre y madre, habló de la Iglesia Católica Romana y su comunidad sulpiciana como ‘‘la familia que aún le perduraba’’.

Y lo que estos dos compartieron en su visión sobre el ecumenismo fue esto: el camino hacia la unidad cristiana, el camino que eventualmente reunirá a todos los cristianos sinceros en una comunidad, alrededor de un altar, no es la manera de ganarse al otro para nuestra propia denominación particular, el hacer que otros admitan que están equivocados y que nosotros tenemos razón y de que regresemos al verdadero rebaño, es decir, nuestra denominación particular. En su opinión, ese no es el camino a seguir, ya sea práctica o teológicamente. El camino a seguir debe ser, como lo señala Avery Dulles, el camino de la ‘‘convergencia progresiva’’. ¿Cuál es este camino?

Comienza con la admisión honesta de cada uno de nosotros, de que ninguno de nosotros, ninguna denominación tiene la verdad completa, encarna la expresión plena de la iglesia y es completamente fiel al Evangelio. Todos somos deficientes de alguna manera, y cada uno de nosotros de alguna manera es selectivo en términos de qué partes de los Evangelios valoramos y encarnamos, y qué partes ignoramos. Y así el camino a seguir es el camino de la conversión, personal y eclesial; de admitir nuestra selectividad, de reconocer y valorar lo que otras iglesias han encarnado; de leer las Escrituras más profundamente en busca de lo que hemos ignorado y de lo que nos hemos ausentado; y de forma individual y colectiva tratar de vivir vidas que sean más fidedignas a Jesucristo. Al hacer esto, cada uno de nosotros y cada una de las iglesias que vivimos el Evangelio más plenamente ‘‘convergeremos progresivamente’’, es decir a medida que nos acerquemos más a Cristo nos acercaremos más unos a otros y, por lo tanto, ‘‘convergeremos progresivamente’’ alrededor de Cristo y, a medida que lo hagamos, eventualmente nos encontraremos alrededor de un altar común y nos veremos como parte de la misma comunidad.

El camino hacia la unidad, entonces, no reside en convertirnos unos a otros, sino en que cada uno de nosotros viva el Evangelio con más fidelidad para acercarnos más en Cristo. Esto no significa que no tomemos nuestras divisiones en serio, que afirmamos de manera simplista que todas las denominaciones son iguales, o que justificamos nuestras divisiones hoy al señalar las divisiones que ya existían en las iglesias del Nuevo Testamento. Más bien, todos debemos comenzar por admitir que cada uno de nosotros no posee la verdad completa y que, de hecho, estamos lejos de ser plenamente fieles.

Dado ese punto de partida, Raymond E. Brown ofrece este desafío a todas las iglesias: “el reconocimiento del rango de la diversidad eclesiológica del Nuevo Testamento hace mucho más compleja la afirmación de que toda iglesia sea absolutamente fiel a las Escrituras. Somos fieles, pero de nuestra propia manera específica; y tanto los estudios ecuménicos como los bíblicos deberían hacernos conscientes de que hay otras formas de ser fieles a las que no hacemos justicia. ... En resumen, un estudio franco de las eclesiologías del Nuevo Testamento debería convencer a cada comunidad cristiana de que está descuidando parte del testimonio del Nuevo Testamento. Sostengo que, en un cristianismo dividido, en lugar de leer la Biblia para asegurarnos de que tenemos razón haríamos mejor en leerla para descubrir dónde no hemos estado escuchando. A medida que los cristianos de diferentes iglesias tratamos de escuchar las voces previamente silenciadas, nuestros puntos de vista de la iglesia crecerán; y nos acercaremos más a compartir puntos de vista comunes. Entonces la Biblia hará por nosotros lo que Jesús hizo en su tiempo, es decir, convencer a los que tienen oídos para escuchar que no todo está bien, porque Dios les está pidiendo más de lo que pensaban.

De hecho: Dios nos está pidiendo más de lo que nosotros pensamos.




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