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Ecos de la emociónDomingo, 14 de Diciembre de 2014 01:13 a.m.
Para bien o para mal, lo que nos mueve son las emociones, y justo esa es la esencia de la palabra. Emoción viene del latín emotio, que deriva de emovere, verbo formado por el prefijo ex, ´hacia afuera´ y movere, ´mover´; así que, literalmente, la emoción es el motor que nos saca de nuestro estado habitual.

Emociones hay muchas, algunas positivas como la alegría, que también es movimiento porque viene del latín alacer ´rápido, vivaz´, significado que reconocemos en “alegro”, composición musical con ritmo vigoroso. De particular interés es el entusiasmo, palabra con origen en la voz griega enthousiasmos, que deriva de entheos ´en-theos: llevar un dios dentro´. Se decía del furor de las sibilas o pitonisas, mujeres que entraban en trance y a través de ellas los dioses hablaban cosas del futuro. Por similitud, cuando nuestro ánimo se exalta al ser poseídos, ya no por dioses, aunque sí por alguna idea, un deseo o cualquier cosa, hoy decimos que estamos entusiasmados.

Otra emoción es la pasión, palabra que en su origen significa ´sufrimiento´, deriva del latín passio y esta voz del verbo patior, ´padecer, sufrir´. Por eso se habla de la pasión (sufrimiento) de Cristo en su camino al Calvario.

Otra palabra de la familia es patíbulo, lugar donde se sufre el tormento. Entonces, ¿cómo llegó la pasión a ser una emoción? Apasionado, en un principio, significaba ´sufrido´; si dolía la espalda, se decía que se tenía la espalda apasionada, y del dolor físico se pasó al dolor moral. Cuando un hombre sufría por una dama que solo le brindaba desprecios se decía que estaba apasionado, o sea, que sufría mal de amores; luego se dijo lo mismo de quien sufría por su excesiva afición a alguna causa o alguna cosa. Hoy, ser apasionado es entregarse con enjundia a algo o a alguien... ya sin necesidad de dolor o sufrimiento.

Hay también emociones negativas como el enfado, ese sentimiento de molestia por una situación indeseable.

Su origen es interesante, viene del latín infatum ´in-fatum: entregarse al destino´; describía un estado de ánimo depresivo, era dejar que las cosas pasaran sin meter las manos, ´ceder al hado, a la fatalidad´. Con el tiempo ese sentimiento tomó el sentido de ´enojo´.

A propósito de enojo, este guarda un fuerte parentesco con el odio. En antiguas lenguas, se adivina la raíz *od que ya encerraba el concepto de ´rencor´, en latín dio la palabra odium e inodiare que, con el tiempo, los cambios de pronunciación lo convirtieron en el verbo castellano ´enojar´.

Siguiendo la cadena de palabras, rencor también tiene lo suyo: viene del latín rancoris, que significa rancio, ´lo echado a perder, pútrido´ y, por extensión, lo que ya está viejo. De ahí que se haya hablado de rancios odios, los que permanecían entre familias por generaciones, y de esos rancoris odium, por acortamiento, nacería la palabra rencor como sinónimo de odio.

Otros estados emocionales son el agobio y la angustia. El primero tiene origen en el latín gibbus, ´joroba´, de modo que el agobio es cargar, en sentido figurado, con un gran peso como lo sería una gran joroba. De la angustia podemos decir que no es casualidad que se parezca a angosto, ambas palabras proceden del latín angustus, ´estrecho´. Por metáfora, se dijo angustia a ´sentir lo angosto´; se refiere a ese sentimiento de caminar por pasajes angostos con un desfiladero a un lado o con poco espacio para moverse en caso de ser atacado.

Interesantes, sin duda, las historias de estas palabras que nombran a las emociones, esos caballos desbocados que necesitamos para movernos pero que necesitan la rienda de la razón para detenerlos cuando nos acercan a un desfiladero.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN:
Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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