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¡Échense una de caballos!Domingo, 1 de Diciembre de 2013 01:28 a.m.
Reza un dicho campero: “El que presta la mujer para bailar, la pistola para disparar y el caballo para colear… no tiene qué reclamar”, ¡vaya!, qué bien refleja este refrán la estima en que tenemos al caballo al ponerlo al nivel de mujer y pistola. No es para menos porque, por largos siglos, montando a los equinos  se viajaba, se huía, se iba a la batalla, se trabajaba y hasta se enamoraba a una bella dama.  

Las huellas de estos cuadrúpedos, efímeras cubrieron campos y caminos, pero en el lenguaje se marcaron profundamente. Basta con ir al baño y ver que los hay para damas y caballeros, que en origen fueron jóvenes de la nobleza que por montar a caballo, tomaron este nombre. Hoy, ya sin caballo, caballero es quien se supone tiene las cualidades de nobleza y buenas maneras de sus predecesores medievales. Otra huella muy curiosa es que, con toda naturalidad decimos ´montar a caballo´, ¡caso único!, porque si decimos ´montar a burro´, ´montar a elefante´ o a cualquier otra cosa entonces sí se escucha raro.

Es de anotar que para los romanos, un caballo (de caballus) era un equino castrado y de mala traza que servía exclusivamente para el trabajo del campo. A los de fina estampa, que se montaban para fines militares y deportivos, los llamaban equus; de ahí derivaron voces como: ecuestre, equitación y equino. Pero, pasó que con el tiempo y las circunstancias, la desdeñada voz caballo ganó la carrera e hizo olvidar a la elegante palabra equus; aunque, de la hembra, que en latín era “equa”, con una historia de ajustes fonéticos ( equua>iequa>iegua>yegua) nació la palabra “yegua” que sigue vigente.

Para los griegos, híppos era la voz con que nombraban a los caballos, raíz que aún se conserva en “hipopótamo” (caballo de río) o en “hipocampo” (caballo encorvado) y que nosotros  nombramos “caballito de mar”. Otras voces de la familia son hipódromo e hípico. Esta raíz, también se ha conservado en nombres de persona, como: Hipólito que significa (el que suelta a los caballos) y en Felipe, que deriva de “philos” e “hippos”, significando entonces “amigo de los caballos”. Además está el nombre del famoso médico Hipócrates que viene a significar (poderoso como un caballo).

Hay en la historia, caballos que alcanzaron celebridad, como Babieca, que fue el compañero de batallas del Cid y cuyo nombre se explica en las mismas crónicas del campeador. Cuando Ruy Díaz de Vivar visitó a su padrino Don Peyre, le pidió un potro y éste le dijo que escogiera el que quisiese. Rodrigo de Vivar no tomó ninguno de los buenos y se decidió por uno muy feo y sarnoso. Su padrino, muy sañudo porque había escogido aquél y dejado los buenos, le dijo “¡Babieca!, mal escogiste”. Y dijo entonces Rodrigo de Bivar, “Este será buen caballo y Babieca será su nombre”. Y así fue, montado en él, el Cid ganó fama y gloria hasta su muerte.

 Otro famoso equino fue El Siete Leguas, el caballo que, según se dice, Villa más estimaba. Aunque al investigar un poco, encontramos que más bien era La Siete Leguas, porque en realidad fue una yegua la que se hizo célebre al ser montada por El Centauro del Norte.

No cabe duda, los caballos siguen ejerciendo una misteriosa fascinación sobre nosotros. Por algo es que, en las noches de bohemia, cuando las canciones suenan una tras otra y del coro improvisado ya solo brotan voces aguardentosas, nunca falta el grito que pide… “¡Échense una de caballos!”.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN: Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y   conductor   de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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