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¿Dónde quedó lo público? Por: Moisés Lopéz Cantú SystemáticaMiércoles, 9 de Septiembre de 2020 00:03 a.m.

Primer acto. Se anuncia el salto al primer mundo, un estadio glorioso, como los "europeos". Para hacerlo realidad se monta un discurso en donde lo natural se desvaloriza (casi un basurero, un muladar) y el brillante edificio por venir se magnifica. Al final se materializa y aquí seguimos, esperando ser de primer mundo.

Segundo acto. Se anuncia la creación de cuatro museos, uno de ellos en el parque Rufino Tamayo. En este museo se expondría una extraordinaria y costosa colección de arte privado, dicho de otra forma: publicitar bienes privados. Hoy, a casi tres años seguimos esperando.

Tercer acto. Se implanta un "novedoso" y exitoso modelo de gestión de parques, resulta tan pero tan exitoso que a los gestores se les entregan más parques y los ingresos son "tanto" que hasta alcanza para hacer algo de obra pública fuera del mismo parque. El "éxito" termina cuando se anuncia el cierre del parque por "falta de fondos". 

Cuarto acto. Se anuncia el cierre del primer museo interactivo de América Latina. Los reclamos, quejas y nostalgias exacerbadas no se hacen esperar. Aparecen varias peticiones en Change.org, fatalistas profecías relacionadas con el caos que "brotará" del predio que hoy aloja el museo, reconvertido en un "perverso" desarrollo de usos mixtos..., casi casi la raíz de todos los males que destruirá el paraíso que hoy es "the southernmost neighborhood".

¿Cómo se llamó la obra? La obra se llama ¿Dónde quedó lo público? y es una representación continua, ópera bufa de confusiones de larga data, en donde los privados crean espacios cuasi públicos y los gobiernos se olvidan de lo público o de plano lo explotan como si fuera un asunto de privados (Parque Fundidora, transporte público). También es una representación, del y en el imaginario colectivo, con muchos extras o actores de reparto, en donde aprovechamos la mágica idea del "desarrollo" y el esfuerzo personal (emprendedurismo decimos ahora) y nos apropiamos de lo que es de todos y lo explotamos para nuestro beneficio personal, ¿no me creen? salgan a la calle y observen como proliferan las taquerías en las banquetas, las recamaras para autos fuera de la propiedad privada, la venta de todo tipo de cachivaches y un largo etcétera.

Pero bueno, con esos antecedentes no es de extrañar los absurdos que nos depara la forma en que nuestra sociedad concibe lo público. Unos reclaman y satanizan al privado que cierra el museo que construyó en sus propios terrenos, pero dejan sin reclamo al gobierno que privatiza y destruye lo público. Otros se quejan porque nunca tendrán un "date" en el paraíso perdido y otros rechazan el incierto futuro que ellos mismos construyeron (ahí viven, ahí trabajan, son dueños de la tierra) y, juntos, son la tan temida congestión. Nimbysmo puro, lo que les importa es la "conservación" del paraíso privado, no la construcción de lo público.

En el argumento de esta gran representación tendrían que jugar un importante papel los gobiernos locales, por acción positiva, no por omisión. Sus actos y acciones tendrían que estar motivados por la idea de lo público, no por la del "desarrollo" material. Mejor espacios públicos (incluyendo museos) que cultura "privada" como sucedáneo de lo público. ¿Y nosotros los mortales? Bueno, necesitamos un cambio de chip ¿me creen si les digo que cinco peticiones por aire limpio (Change.org), de los últimos dos años, apenas llegan al 60% de las firmas alcanzadas en favor del "icónico" museo en sólo seis días?

Si, los mortales necesitamos revalorizar lo público y olvidarnos del oropel. Pero los gobiernos necesitan dejar de ver lo público como moneda de cambio o territorio de nadie. Lo público es el patrimonio de todos, la riqueza de la ciudad y la base donde se puede "construir" con encuentros, diálogo y convivencia, la ciudad equitativa e igualitaria que necesitamos.

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