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Dios se conmueve con nosotros Por: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 31 de Julio de 2020 00:00 a.m.

Si algo conmueve a Dios, y lo vemos en la Sagrada Escritura, es la pobreza humana. Lo vemos en el Antiguo Testamento, en el libro de Isaías: "Si alguno tiene sed, que venga, si tiene hambre que acuda, no importa que no tenga dinero". El hambre y la sed expresan adecuadamente esa necesidad vital y profunda que el hombre experimenta de Dios y de su amor. Así como en el desierto Yahveh multiplicó los medios de sustento del pueblo hambriento, así Jesús dará de comer a una multitud que no tiene con qué satisfacer sus necesidades básicas. El alimento material nos lleva a la consideración de un alimento de carácter espiritual y que responde a la necesidad más esencial del hombre: su deseo de gustar a Dios, su anhelo de sentirse eternamente amado por Dios. El amor está inscrito en el alma humana con sello indeleble. San Pablo nos comparte su experiencia del amor de Dios y lo proclama con franqueza y sencillez: ¿Quién podrá apartarme del amor de Cristo? No hay potencia alguna que pueda apartarnos del amor de Cristo. En Cristo se revela el rostro amoroso del Padre.

El banquete en la Biblia es una imagen del amor de Dios. Cuando se habla del banquete escatológico, se habla del amor de Dios que se manifestará al final de los tiempos. Lugar y ocasión de felicidad y de regocijo. Las viandas son símbolos de aquella felicidad que ha vencido las penas de la vida: el agua que refresca y calma la sed; el vino que alegra el corazón del hombre; la leche y miel que expresan la abundancia, suavidad y belleza de la tierra prometida. El hombre tiene una sed profunda, como quedó manifiesto en el diálogo entre Jesús y la Samaritana. "Quien beba de esta agua volverá a tener sed. Pero quien bebiere del agua que yo le daré, no volverá a tener sed. Se convertirá en él en una fuente que salte hasta la vida eterna". El hombre es un eterno viandante y peregrino que conoce la sed y el hambre del camino. Es un ser que busca, que anhela, inquieto por encontrar su paz y su reposo. Sin embargo, no siempre acierta a dar con aquello que apaga la sed de su alma. La contemplación del mundo nos dice que es dramática su situación. Se despeña por cañadas profundas.

Se abandona al mal y se hace sumamente cruel para sí mismo.

Por eso, el lenguaje del profeta Isaías es muy actual, es una invitación a no gastar en aquello que no nos da alimento, en aquello que nos deja igualmente hambrientos.

La condición que Dios nos pide para encontrar esta agua, este vino, esta leche y miel, es la de escuchar su Palabra. Se trata de "inclinar el oído", inclinar el alma, inclinar el orgullo, inclinar la vida entera para contemplar el Plan de Dios, la Alianza que Dios ha establecido con su pueblo. La fuente de la vida se encuentra en la Palabra de Dios que se hace precepto, que se hace orientación, que se hace alianza. Dios habla a su pueblo. Lo ama. No permitirá que permanezca en la esclavitud de Egipto, no tolerará que venere otros dioses, no dejará que el pueblo muera de hambre y sed en el desierto. El Señor recogerá a su pueblo de todos los lugares donde se había dispersado. El Señor ama a su pueblo. Él es el esposo fiel. Israel es la esposa infiel. Pero el amor de Dios no conoce arrepentimiento y sus planes subsisten de edad en edad. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios?

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.


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