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Día del LibroDomingo, 23 de Abril de 2017 01:05 a.m.

Así como Shakespeare es el escritor icónico de la lengua inglesa, Cervantes lo es de la española. Por eso llama la atención que ambos gigantes de la literatura hayan muerto en la misma fecha, el 23 de abril de 1616, pero intriga saber que esto no ocurrió el mismo día… ¿Cómo pudo ser? La explicación la da la historia:

En el año 45 a. C. el sabio Sosígenes de Alejandría, a petición del emperador romano Julio César, diseñó un nuevo calendario para sustituir el antiguo que ya no funcionaba. Este calendario, llamado juliano por obvias razones, fue el que rigió las fechas de casi toda Europa durante siglos.

El tiempo, que no perdona, fue haciendo evidentes las limitaciones del calendario juliano, que cada vez se alejaba más del ciclo astronómico; por eso, en el año 1582, por iniciativa del papa Gregorio III se hicieron ajustes para corregir esas desviaciones, así nació el calendario gregoriano. Es de anotar que, entre los ajustes que se hicieron, se eliminaron 10 días de ese año. A quienes les tocó esa rareza se durmieron el jueves 4 de octubre y cuando despertaron ya era el 15 de ese mes. Los días del 5 al 14 de octubre de 1582 no existieron para los países que adoptaron en ese mismo año el calendario gregoriano, entre ellos España.

No todas las naciones aceptaron este cambio a la primera, Inglaterra –entre ellas– lo hizo hasta 1752. De modo que, durante muchos años, las fechas en este país tuvieron un desfase de 10 días con respecto a España. Así las cosas, Cervantes murió en España el 23 de abril de 1616 del calendario gregoriano, mientras que Shakespeare falleció 10 días después, también el 23 de abril del mismo año, pero del calendario juliano.

Resuelto el acertijo, pasamos a otra historia relacionada. En 1923, el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés cayó en cuenta que otra figura de la literatura, el escritor peruano conocido como el inca Garcilaso de la Vega, ¡también se le ocurrió morirse el 23 de abril de 1616!, este sí el mismo día que Cervantes. Ante tales coincidencias, Clavel propuso ante la Cámara Oficial del Libro de Barcelona que se instituyera el Día del Libro en esta fecha tan simbólica para la literatura. Aunque la propuesta fue aprobada por el rey Alfonso XIII en 1926, fue hasta el 23 de abril de 1930 cuando se celebró el primer Día del Libro en España. Más adelante, en 1995, la UNESCO hizo eco de esta celebración y así esta fiesta tomó carácter internacional. Unámonos pues a la celebración, del modo que sabemos hacerlo, indagando el origen del nombre del festejado.

Plinio el Viejo, escritor romano del primer siglo cristiano, en Historia Natural –una de sus obras– nos cuenta que antes de que se conociera el papiro, para escribir se valieron de cortezas de árboles y otras cosas. Así lo escribió: “El papel debe su descubrimiento a la victoria de Alejandro Magno, en la época en que fundó Alejandría en Egipto. Hasta entonces no se utilizaba el papel. Primero se usaron hojas de palma para escribir y después la corteza de ciertos árboles.

Con esta pista, encontramos que de la arcaica raíz indoeuropea *leub, que encerraba el concepto de “pelar, quitar la cáscara, descortezar un árbol”, en latín nació la voz liber, que primero significó “parte interior de la corteza de los árboles” y seguramente por ser este material en el que se escribía, de ahí quedó que llamaran liber y luego librum a una obra escrita. Posteriormente, un pequeño ajuste fonético y en castellano nació nuestra palabra libro. Voz que en su raíz encierra algo de la historia de la escritura primitiva.

Felicidades a los libros, que es un modo de felicitar a quienes los escribieron y desde luego, a quienes se dan el gusto de leerlos.


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