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De reconocer procesos de vida Jueves, 28 de Febrero de 2019 00:00 a.m.

Normalmente te provoca diferentes reacciones, pero es un hecho que cuando la escuchas, sientes como si todo pasara en cámara lenta. Percibes cómo tu corazón comienza a latir más fuerte, tus sentidos se activan en señal de alerta y toda tu atención se enfoca en comprender lo que recién escuchaste. 

Tu mente intenta procesarla como puede y todo un desfile de emociones salen disparadas sin control alguno, lo que hace que tu garganta se cierre, tus lágrimas salgan sin cesar y un estado de negación invada toda tu presencia. No es una oración larga, ni siquiera es una frase corta; es una sola palabra: “falleció”, te dicen.

Entonces llegan de golpe imágenes y recuerdos de innumerables vivencias compartidas, que se convierten en un doloroso hueco en el estómago que te roba toda tu energía hasta que poco a poco, al pasar las horas, los días, las semanas, los meses, la disminución del dolor hace que puedas dar pequeños pasos sin perder el equilibrio.

“¿Cómo es que pasó?”, te preguntas una y otra vez cuando te enteras de la noticia, como si este hecho fuera imposible de suceder o como si existiera la posibilidad de que algunas personas estuviéramos exentas de experimentarlo. Sabes que salir de este plano es inevitable, pero ¿por qué te sorprende tanto cuando alguien lo hace antes que tú, como si fuera un escenario fuera de toda realidad?

Además de aprender a integrar tu proceso de duelo, que te revuelca cuando menos te lo esperas y te saca de tu centro, cual marioneta a merced del dolor, ser testigo de la partida de alguien a quien amas generalmente hace que te identifiques con esa parte de vacío y carencia que todos tenemos, hasta que finalmente te enfrenta al tú por tú con una realidad inherente: tu propia fragilidad existencial y la inevitable negación a la muerte, que viene de la mano con el absurdo de la vida, como diría Jean-Paul Sartre.

“La muerte en su más amplio sentido es un fenómeno de la vida… asumir la finitud conlleva vivir la vida de una manera diferente. La finitud no significa solo que la vida tenga un final, sino una reflexión que antepone la voluntad a luchar contra la nada”, nos dijo Heidegger hace más de 90 años. 

Entonces te das cuenta que la percepción lo es todo, incluso respecto a este estado que te genera desasosiego y que hace que lo empieces a ver con una nueva perspectiva. “El hombre, o bien renuncia a mirar a la muerte, la pone entre paréntesis y la olvida, como se termina por olvidar al sol, o bien, la mira con esa mirada que se pierde en el estupor y de la que nacen los milagros”, explicó Hegel.

Aún con el dolor que implica la pérdida y que hace que se remueva todo tu cuerpo emocional cuando menos te lo esperas, reconoces algo que no habías visto y empiezas a considerar esta transición como un proceso más. “¿Quién sabe si lo que llamamos muerte no es sino vida; y la muerte, en cambio lo que juzgamos que es vida?”, afirmó Eurípides.

Ubicando a la muerte como un punto de transformación, empiezas a reconocer la temporalidad como elemento de vida, lo que te permite vislumbrar la sensación de pérdida y descubrir que detrás de ella hay algo más grande: te reconoces en esa persona que se fue, mientras honras su presencia agradeciendo todo el impacto que tuvo en ti. 

Entonces sonríes, aún sintiendo el nudo en la garganta, y descubres que sólo queda celebrar la conexión que tuviste con tu persona y agradecer por todo lo que sigues experimentando durante el tiempo que sigues aquí. Texto dedicado a Diana Ruiz, amiga y mujer generadora de pura energía positiva. Descansas en paz.


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