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De noche Por: P. Alejandro Ortega Trillo Alejandro Ortega TrilloLunes, 8 de Febrero de 2021 02:00 a.m.

El ocaso es el amanecer de la segunda parte del ciclo circadiano, a veces festiva y a veces desierta, sembrada de sueños y de pesadillas, de gratitudes y remordimientos.

En el lenguaje de los místicos, la noche es prueba; obra divina de purificación y misterioso crecimiento. San Juan de la Cruz debe sus obras más logradas a la oscuridad de una mazmorra.

Según los evangelios, Jesús espera decididamente la noche para realizar sus más grandes hazañas: de noche se encarna en el seno de María, de noche nace, de noche ora, de noche cura enfermos y libera endemoniados, de noche camina sobre las aguas y apacigua tormentas, de noche instituye la Eucaristía, de noche se entrega a su Pasión y de noche resucita.

La noche aportó sigilo a su humildad, una estrella a su nacimiento, escucha y acogida a su palabra, intimidad a su entrega, negrura y soledad a su agonía, silencio y sepultura a su cuerpo recién crucificado, indescifrable misterio a su resurrección.

¿Qué nos brindan nuestras noches? Esas noches oscuras –espirituales, morales, afectivas, corporales, laborales, económicas– tan largas y densas que nos llegan a parecer definitivas. Ellas nos deparan el espacio idóneo para la obra de Dios en nuestra alma. En la fe sabemos que el destino inscrito en toda "hora de tinieblas" –como la llamó Jesús– es trocarse en alba, en amanecer, en mediodía. Más aún, la noche nos dilata las pupilas del alma para descubrir esa Presencia Divina que jamás nos abandona. Quizá por eso nuestra condición humana tiene su propio ciclo circadiano; su necesaria alternancia de resplandores y tinieblas, de gozos y pesares, de pasos y tropiezos.

La noche que vive la humanidad en la pandemia no será la excepción. El Señor la emplea para realizar también hoy grandes prodigios: para curar, visitar, apaciguar, redimir y levantar muchos corazones; y, bien vista la tragedia, para poblar el cielo de innumerables nuevos invitados al banquete eterno.

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