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¿De dónde sale tanto dolor?Lunes, 12 de Agosto de 2019 02:00 a.m.

“¿De dónde sale tanto dolor?”, pensé en un momento en el que sentí una incertidumbre que hacía muchos días no sentía. Por alguna razón, no tenía ganas ya de ponerle parches ni de intentar sustituirlo por ninguna frase de carita feliz. 

Esta vez me sentía fuerte y estaba preparada para aventarme un clavado emocional a lo que fuera, así que me dejé llevar, sin saber que estaba por abrir una cajita que tenía un buen de no tocar por estar justificando y ordenando emociones. La trampa del ego me hizo que empezara a racionalizar mi sentir en lugar de solo llenarme de él.

Así que suspiré, sabiendo que estaba por entrar a “uno de esos días”, en donde lo más probable era que terminaría revolcada en un lugar emocional en el que no tenía ni idea. Me puse frente a frente con mi tristeza, que en realidad era nostalgia y me dejé embestir por toda ella. “Así que así se siente”, me decía al observar cómo llegaban emociones disparadas y opuestas, mientras me sentía como un alien observando las emociones como si fueran nuevos sabores de helado.

Como no era la primera vez que me dejaba llevar por emociones guardadas, sabía que lo mejor era solo quedarme quieta, recibiendo todas las sensaciones que me tumbaban una y otra vez. La catártica sesión siguió y es que, al dejarla ser sin resistencia hasta llegar a su punto máximo, lo que seguía era sentirlo todo y esperar a que bajara al punto cero. Ya lo dice la ley de ritmo del Kybalion: todo asciende y desciende, todo se mueve como un péndulo.

Con mi caja de Kleenex casi vacía, en silencio fue cuando recordé lo que había pasado por alto en las semanas pasadas: aceptar lo que sea que esté sintiendo es aceptar el instante que estoy viviendo; y aceptar el instante presente es aceptarme a mí. 

Ubicando a las emociones como percepciones pasajeras y señales que indican si se está en sintonía con el ser superior, está al alcance de todos tener la valentía de reconocerlas día a día, sin edulcorantes ni adornos que distraigan, para descubrir que el secreto no está en esconderlas ni pretender que no están ahí, sino en verlas de frente con total honestidad y expresarlas con el mayor amor posible. 

Con esta mirada, puedes observar cómo llegan y se instalan un rato para hacerse notar; si les das la bienvenida, se quedan un poquito más y se van caminando cuando quieren hasta que las dejas de sentir… y así hasta que vuelve a empezar todo de nuevo.


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