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Cuestión de afecto Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 1 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

El tiempo es árido, querida lectora, lector, esta era que vivimos y que está a punto de asfixiarnos parece ser el reino del caos. No es difícil distinguir nuestros avatares, el miedo y la crueldad nos circundan como dos sombras descomunales. 

Ante tal cantidad de odio, de muerte y de desolación, los autores más destacados de nuestro entramado literario han establecido distintos panoramas para evitar que el exterminio y el odio se vean como algo normal en nuestras sociedades.

Camus, en su tremendamente necesaria novela La Peste, plantea una necesidad de recuperar la fraternidad por más mínima que esta sea, este afán de hacer comunidad cuando estamos ya en el fondo del barro social, sin asideros, ni fundamentos, acosados por todos lados, permea como un espíritu vivificante por todo el espacio literario de La Peste. En una sociedad cuyo concepto de comunidad ha sido devastado por modelos económicos y educativos desquiciados y enfermos, esto es comparable a una balsa en medio del gran naufragio.

Freud, por su parte, le asigna un valor superlativo al afecto, entiende que el aparato cultural cuyo dispositivo más fino es la conciencia debe desplegar toda su potencia para evitar que la agresividad nos desborde, para esto como bien plantea en El Malestar en la Cultura, un libro fascinante, debemos, dice, vivir sometidos a reglas sociales que reprimen nuestros instintos más potentes pero que nos permiten anclarnos y convivir en sociedad.  Las  vías propuestas por Freud aspiran a producir una sociabilidad armoniosa, en donde el afecto juega un papel crucial.

Autores como Adorno, en lo filosófico, y Bergman,  en lo cinematográfico, han planteado la aparición de la barbarie como un signo de nuestro tiempo. El filósofo asiste al derrumbamiento de Europa y establece que después de lo vivido en Auschwitz es imposible explicar la realidad desde un principio de humanismo trasnochado y urge a las academias tradicionales a abandonar su ingenuidad sistemática y a  ofrecer primero una visión lúcida sobre lo que somos capaces de hacernos a nosotros mismos en tanto herederos de una humanidad rota. Bergman, por su parte, en su magnífica cinta El séptimo sello, explora también esa soledad, ese tremendo desamparo. Sus personajes deambulan en un universo carente de sentido, acosados por una enfermedad que va derrotando todas las certidumbres, vacíos de Dios, traicionados por las instituciones y en una soledad que hiere la conciencia, los personajes deben no sólo sobrevivir sino resistir. Así, ambos autores se esfuerzan por hacer uso de la exaltación, uno en clave filosófica y otro artística para hacernos lo suficientemente fuertes como para ser dignos de nuestras propias resistencias.

Al final, los personajes de Bergman se hermanan en el vacío y esto es más potente que cualquier Dios dormido, y que cualquier enfermedad que disuelve los entramados de la realidad. No es que se busque un final complaciente y dominical, se trata de asistir a nuestra propia lucidez.

No es un secreto que asistimos a un desfondamiento de la cultura, en donde la sociedad se entiende a sí misma en un desamparo, tampoco quiere decir que ese desamparo tenga que ser fatal. En esa soledad, la vida en sí misma tiene la posibilidad de afirmarse en lo árido, desde el afecto y el reconocimiento del otro, desde la empatía por la empatía misma, desde la búsqueda por la justicia y la dignidad en medio del gran pantano de la historia. Quizá, amigos, no nos quede más que el afecto.

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