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Cuentoantes Domingo, 30 de Diciembre de 2018 01:42 a.m.

Así como la Dalila bíblica le robó a Sansón su descomunal fuerza; Dalila, una compañera de aquellos lejanos años de escuela, una gris mañana nos robó la emoción del final de la película El planeta de los simios.

Isauro, amigo de esos tiempos, comentaba emocionado que esa tarde iría a ver la película, otro camarada nos contaba que ya había visto unos cortos (lo que hoy llaman tráiler) en los que unos astronautas llegaban a un planeta dominado por simios. “Ha de estar buena”, decíamos todos. Ahí fue cuando Dalila, que acompañaba al animado grupo, salió con su “cuentoantes”: “¡Ah, yo ya la vi!; al final se dan cuenta que no era otro planeta, era la Tierra pero en el futuro y…”, mejor se calló cuando sintió los puñales que salían de los ojos de quienes la oían.

Mucho de la magia de las historias, ya sean de cine, teatro o literatura, está en esos finales que nos sorprenden. Los escritores se desgastan haciendo piruetas mentales con tal de regalarnos esos desenlaces que despiertan en nosotros intensas emociones. Cuando lo logran, esos relatos se graban a fuego en nuestra memoria. Por eso nos enfada tanto que nos cuenten los finales con anticipación.

En castellano no teníamos un nombre para esos textos o palabras que revelan, de modo inoportuno, el final de una historia; pero, apenas hace poco tiempo, hemos adoptado el anglicismo spoiler, de uso ya tan extendido que no me sorprendería verla pronto en nuestro diccionario.

La palabra tiene un origen curioso. Viene de la antigua raíz “spel”, que guarda el significado de “desprender”. De ahí, en latín se dijo “spolium” a la piel que se desprende de un animal muerto. Después, por metáfora, “spolium” fue también la ropa que se quitaba al enemigo vencido, extendiendo luego su significado a “quitar todas las pertenencias, botín”. Con este sentido pasó al francés antiguo como “espoille” y de ahí en inglés se dijo “spoiler”.

En la lengua inglesa, spoiler siguió evolucionando. Para 1530, ya se entendía como “el que roba, el que saquea” y, en 1950, adquirió el sentido de “alguien que arruina la oportunidad de victoria de otro”. Sería hasta 1982 cuando spoiler pasó a ser “información sobre la trama de una historia, que podría ‘estropearla’ para alguien que no la ha visto o leído”.

Sorpresivamente, en días pasados, un sitio de internet llamado Sinfaltas.com, dio a conocer en Twitter un poema de Francisco de Quevedo en el que el poeta usa la palabra “cuentoantes” para referirse a eso que hoy llamamos spoiler. Les comparto la poesía: “Estando todos reunidos/don Belisando llegó/ venía de ver la obra/ de un afamado escritor. / Pues conocéis ya la historia/ podréis dar vuestra opinión/ que vuestro juicio es certero/ y sois gran conocedor. / Él que se ve tan famoso/ y en tan buena estimación/ comienza a hablar de la historia/ con excesivo fervor. / Mientras juzgaba los hechos/ un cuentoantes soltó/ la muerte de los infantes/ a todos la reveló. /Los presentes se ofendieron/ uno por él se lanzó/ le asestó un corte en la oreja/ y la otra le arrancó. /Al juzgar hay que saber/ donde evitar la opinión/ pues quién opina en exceso/ pierde más que la razón”.

A muchos, yo entre ellos, nos pareció maravilloso que ya en el siglo XVII se hubiera acuñado una palabra en castellano equivalente a spoiler y sentimos injusto que se hubiera olvidado. A punto de iniciar una espontánea campaña para promover su uso, vino el desencanto. Todo esto sucedió el 28 de diciembre y, ya en la tarde, Sinfaltas.com publicó el siguiente mensaje: “Y ahora viene cuando nos cortáis las orejas a nosotros: ¡feliz Día de los Inocentes! Nos congratula ver que nuestro poema ha pasado por uno de Quevedo”.

Asimilada la inocentada, sigo pensando que no está mal ese “cuentoantes”, ocurrencia de nuestros bromistas amigos. A veces las palabras nacen de modos extraños. En cierto modo, ya me apunté para ser usuario de esta voz, lo hice en el segundo párrafo de este artículo, ¿lo notaron?


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