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Cuando el tecolote canta, el indio muere…Domingo, 31 de Agosto de 2014 01:03 a.m.
Ojos grandes y redondos que brillan en la oscuridad, canto que parece llanto surgido de ultratumba, violento aleteo que produce ruidos sorpresivos en la noche. Estos atributos le han valido al búho o tecolote como lo llamamos en México, que desde tiempos ancestrales se le haya tenido como mensajero de la muerte. En náhuatl la raíz tekol encerraba el concepto de “tenebroso, oscuro, maligno”, aparece en voces como: Tlakatekolotl (señor de la oscuridad), tlakatekolo (espíritu maligno), tekoli (carbón, por lo oscuro) y desde luego en tekolotl (tecolote).

La idea que de esta ave nocturna tenían nuestros antepasados, quedó plasmada en lo que escribió Juan José Delgado en 1754: “De los pájaros nocturnos hay gran variedad; el que llaman bucos, porque así canta, es el mismo que llamamos mochelo en España, y en la Nueva España tecolote; no ve de día, y así no vuela, sino que descansa en los árboles altos; tiene notable olfato, y dicen los indios de él que siente el olor malo o de corrupción, y si llega a las casas donde hay algún enfermo que esté para espirar, allí se está voceando con melancólico acento. No es de extrañar, pues, que en la Nueva España existan arraigados algunos abusos y supersticiones por causa del cantar de este pájaro”.

En el lenguaje popular encontramos diferentes huellas de la relación muerte-tecolote. Muy conocido es el antiguo dicho “El tecolote canta, el indio muere, no será cierto, pero sucede”, que se explica por sí mismo. De significado similar es “Cantarle a uno el tecolote” para decir que la muerte está por llegar. Noticia de otra costumbre, dejó Fernández de Lizardi en “El periquillo sarniento”, siglo XIX; que en una parte dice: “... y a otro pobre del número 36 que estaba casi agonizando, le pusieron frente de la cama un crucifijo con una vela a los pies. A esta ceremonia de indolencia y poca caridad llaman en los más hospitales ´poner el tecolote´, y se fueron a dormir los enfermeros dejando a su cuidado que se muriera cuando se le diera la gana”.

El rescate de otra huella, se la debo a mi tía Conchita Ortega, que me regaló uno de sus recuerdos infantiles. Ella pasó su niñez en Villa de la Paz SLP, pueblo minero que se dibuja a los pies del cerro del Fraile. Era frecuente que en aquellas casonas de enormes patios arbolados por las noches los visitara algún tecolote, que con sus lúgubres cantos despertaban el temor en la entonces niña. Fue por eso que los viejos le enseñaron que para alejar al tecolote debería decir este conjuro: “Tecolote mal formado, que cantas toda la vida, cántame el alabado, de la inmácula concebida”. Aún –lo confiesa ella–, subsiste el miedo a los tecolotes y el recuerdo de que, a pesar del conjuro, el tecolote no se iba. ¿Sería porque se quedaba cantando el alabado?

Si profundizamos en el análisis del conjuro, podemos percibir que “tecolote mal formado”, refleja la percepción tétrica que se tenía de esta ave. En “que cantas toda la vida”, se siente la preocupación constante, la idea de que la muerte siempre está ahí, esperando sorprender. Y “cántame el alabado, de la inmácula concebida” es el reconocimiento de la impotencia humana ante la muerte y la necesidad de apelar a la protección Divina. Gracias tía Conchita, por este recuerdo.

Para terminar, no sobra comentar que quizá por su actividad nocturna el sonido del silbato y por no pocas veces haber dispuesto de vidas ajenas, a los policías los llamaron “tecolotes”. Una referencia a esto la encontramos en “La Ruina de la Casona” de Maqueo Castellanos, que en una parte dice: “Yo, si no fuera por el guamazo que le asesté al tecolote aquel, y por mi fuerza de piernas, no regreso al domicilio”. En este aspecto, no hay nada nuevo bajo el sol, o mejor dicho...bajo la luna.

cayoelveinte@hotmail.com
Twitter: @harktos

ARTURO ORTEGA MORÁN: Investigador en asuntos del lenguaje. Escritor, columnista y conductor de radio. Tiene obsesión por arrancarle secretos a las palabras para luego ir con el chisme.
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