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Convertirse nos viene bienPor: P. Noel Lozano Las cartas sobre la mesaViernes, 19 de Febrero de 2021 02:00 a.m.

Hemos iniciado un camino, un camino de regreso a las manos misericordiosas de Dios. En esto estriba la Cuaresma, en ejercitarnos en regresar, recuperar el camino perdido, en acortar las distancias entre nosotros y Dios. Jesús es el nuevo Adán, que en el desierto de la tentación y de la oración salva al hombre de sus tentaciones y de su pecado. Jesús llama al hombre a entrar mediante la conversión y la fe en el Reino de Dios.

La salvación de Jesús está prefigurada en la salvación que Dios realizó con Noé y su familia después del diluvio mediante el arcoíris, signo de su alianza salvífica. El arca de Noé, arca de salvación, prefigura en la segunda lectura el bautismo, por el cual el cristiano participa de la salvación que Jesús ha traído a los hombres mediante su muerte.

Es un hecho que necesitamos de la salvación de Dios y lo vemos como una enseñanza constante de la Biblia. El hombre que entra en su interior con sinceridad descubre en sí unas fuerzas, unos impulsos que lo dominan, unas cadenas que le sujetan y no le dejan respirar libremente ni volar a las alturas que ardientemente anhela. El hombre siempre busca una mano amiga, busca un redentor, un salvador, que rompa sus cadenas, que le permita volar por los espacios del amor, de la verdad, de la vida. La Biblia nos enseña que hay un solo y único salvador, que es Dios, que nos ofrece su salvación en Jesús. Ante el mundo caótico y pecador de los orígenes, Noé es salvado por Dios y con él, como un nuevo Adán, recomienza Dios una creación nueva, cuyo centro será el respeto a la vida.

En este periodo de Cuaresma se vale convertirse, no es pecado. El hombre satisfecho de sí mismo, que se siente quizá humanamente realizado, corre el riesgo de pensar que la conversión es casi como una mancha en su vida de hombre honrado, algo indigno de su honor y del concepto que tiene de sí. Sobre todo, cuando la verdadera conversión no sólo es interior, sino que requiere hacerse visible en la vida de familia, en el trabajo profesional, en las relaciones con la sociedad. ¿No será pecado reconocerse pecador? ¿No será pecado dejar un camino que a los propios ojos y a los de los demás parecía recto, impecable, digno de alabanza? Tal vez haya hoy que decir a los hombres, a los mismos cristianos que convertirse no es pecado. Es un ejercicio de sinceridad a toda prueba, incluso a prueba de dolor y a costa del prestigio humano. No es pecado reconocerse pecador y querer cambiar, caminar por un sendero diverso al andado, volver quizá a comenzar la vida después de muchos años de existencia. Arrancar el miedo a la conversión, como si se tratase de algo horrendo y pecaminoso, es uno de los objetivos de la Cuaresma.

La mayoría de nosotros hemos sido bautizados cuando teníamos algunos días o meses de vida. En aquel momento nuestros familiares hicieron una gran fiesta, sin que nosotros nos enterásemos de nada. Después, quizás es tradición familiar celebrar el aniversario de ese acontecimiento, o tal vez ese acontecimiento se conserva en el cajón del olvido, del que lo sacamos en alguna ocasión particular nada más. La Iglesia, sin embargo, nos enseña que el bautismo tiene que ser una experiencia vivida todos los días y fundamento de una auténtica espiritualidad cristiana. Vivir diariamente la experiencia del bautismo es vivir la experiencia de la salvación que Jesús nos ofrece día tras día, es vivir nuestra pertenencia a la Iglesia y consiguientemente nuestra adhesión y amor a ella, es vivir la experiencia de gracia y de amistad gozosa con Dios, es vivir la conciencia de la presencia y acción del Espíritu Santo en nuestro interior, es vivir un proceso de progreso espiritual y de transformación que cada día se repite y que no termina sino con la muerte.

En definitiva, vivir la experiencia bautismal es vivir una experiencia de conversión constante, una experiencia cuaresmal, cualquiera que sea nuestro estado de vida, nuestra edad y condición, nuestra profesión o tarea en este mundo. Que esta Cuaresma en tiempo de pandemia, sea una experiencia buena de regreso a las manos de Dios.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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