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Monterrey, NL
Clima
Conmemorar Miércoles, 11 de Septiembre de 2019 00:01 a.m.

Al comenzar a escribir esta columna han venido a mi mente dos recuerdos que forman parte de mi historia personal, que, por supuesto, se encuentra incrustada en la historia de este país, de este mundo, al menos por los últimos 51 años aproximadamente.

Uno de los recuerdos se remonta a los años 80 en nuestro país, década marcada por acontecimientos culturales y políticos de gran trascendencia para los que habitamos el mundo, desde entonces y hasta ahora, porque las decisiones del pasado son las realidades del presente. 

En aquella década se vislumbraba el fin de la llamada guerra fría, que ya se gestaba en las oficinas de los gobiernos involucrados; también se sentían los vientos de cambio en cuanto lo geopolítico con la caída del muro de Berlín, entre otros tantos acontecimientos. 

En México veíamos un acto más de la clase política que se presentaba frente a los ojos del pueblo en un escenario ubicado en San Lázaro, en el entonces Distrito Federal, con el monólogo de aquél que clamaba que defendería al peso como un perro ante los ataques de los de fuera y de los saca dólares de dentro. Una escena más de la tragicomedia que cada día pone mayor empeño en escribir páginas de azoro a su anecdotario mexicano. 

Por estas fechas, entre 1984 y 1985, se organizaba una fiesta conmemorativa a la Independencia de México, uno de los componentes de la identidad nacional que le da vida al sentido patriótico de cada ciudadano en nuestra nación. Yo contaba con apenas 16 años y una mente inquieta y sedienta de diversión. Me encomendaron, o mejor dicho, solicité portar el torito de carrizo tapizado con cohetes y luches de bengala en serie, de esos que sólo tienen una mecha que se prende hasta acabar con el último de los envueltos de pólvora generando luces y ruidos estrepitosos a su paso. 

En aquella ocasión me preparé muy bien mojando mi camiseta y una toalla que puse a manera de capa para que me protegiera de las explosiones pirotécnicas de mi pasajero. La comunidad de espectadores se había reunido en torno a un patio del tamaño de una cancha de basquetbol para presenciar la quema del torito y así lo hicieron cuando en mis hombros se desplazaba a una velocidad suficiente para alcanzar a dos o tres que huían despavoridos de los chispazos de aquel burel. 

Quien por más que corría y corría detrás de los demás y no podía escapar de la furia de aquella tronadera era yo. Acabado el periplo, una vez que pude descargar al malogrado amarre de carrizos que sonriente veía como su existencia tuvo sentido, hice el recuento de los daños que no fueron pocos porque debajo de la toalla agujerada estaba una camiseta agujerada y debajo de esos escudos una piel con quemaduras semejantes a un ataque de acné adolescente. Más de 30 años después puedo sentir el recuerdo del ardor, si es que eso está bien dicho así. 

El otro recuerdo data de varios años después, cuando en el año 2001 presenciaba por televisión en directo el episodio que marcó el cambio de página y de época en la historia moderna. Como sacado de un argumento cinematográfico veíamos como se desplegaba el ataque orquestado más mortífero y simbólico en el corazón del sistema financiero del máximo representante del capitalismo en el mundo. 

Precisamente un día como hoy se reacomodaban las partes de la geopolítica global y la vida cambiaba para todos. Ese día llovía en Monterrey y las inundaciones paralizaban la ciudad, dando más espectadores a aquella trágica transmisión en vivo, espectadores que casualmente se quedaban en casa conminados por las autoridades que se empeñaban en ayudar a los afectados por el meteoro. 

Aquel triste suceso marcó nuestras vidas como hoy son marcadas por otros sucesos igual de trascendentes y acaso trágicos en cada parte de la geografía del globo terráqueo. No estamos llamados a ser simples espectadores en este teatro cotidiano, estamos llamados a actuar en él y a marcar los actos que ocurran en cada parte de nuestra actuación, estamos llamados a trascender haciendo el bien desde cada rol, cada lugar en donde vivamos nuestra realidad inserta en la de los demás. 

Las conmemoraciones son un reconocimiento a la memoria de lo que ocurrió, de porque ocurrió y de cómo aquello debe formar parte de la única realidad que existe, que es aquí y ahora.

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