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Con un ojo al gato y otro al garabatoDomingo, 19 de Marzo de 2017 02:26 a.m.

No pocas veces, la vida nos exige estar atentos a dos o más cosas a la vez. Cuando se da esta circunstancia, nuestro cerebro se las arregla para que así sea a pesar de que, según la neurociencia, la atención sólo puede centrarse en una cosa. En el lenguaje popular, esta situación solemos expresarla con la frase: “Estar con un ojo al gato y otro al garabato”.

Una expresión que intriga, ya que la palabra garabato nos hace evocar los trazos irregulares y sin sentido que se hacen con un lápiz o cualquier otro instrumento para escribir, y esto despierta la duda: ¿Qué tiene que ver un gato con un garabato?

Las cosas empiezan a tomar sentido cuando nos asomamos a un diccionario antiguo, el de 1726, y leemos la definición para garabato: “Instrumento de hierro, cuya punta vuelve hacia arriba en semicírculo. Sirve para colgar y sostener algunas cosas, o para asirlas o agarrarlas. Sale del nombre ‘garra’, quitada una ‘r’ para suavizar la pronunciación”.

¡Cierto!, estos garabatos fueron accesorios indispensables en las cocinas de antaño; de ellos se colgaba la carne, como todavía se hace en algunas carnicerías. Esto debió ser una constante tentación para los gatos que no en pocas ocasiones encontrarían la manera de disponer de tan suculento manjar. Era entonces explicable la preocupación de las antiguas cocineras que, en efecto, para cuidar el preciado alimento tenían que estar con un ojo al gato y otro al garabato.

El uso de la metáfora “gato-garabato” la encontramos en otros textos y en otros contextos. Por ejemplo, en 1928, Enrique López Albújar escribió Matalaché, donde se lee este diálogo: “Y las caídas de todas las mujeres que caen, ¿por qué son? ¿Porque las sorprenden y las hacen caer, o porque se dejan caer ellas mismas? A ver tú, mi vieja, que alguna experiencia te habrán dado los años, contéstame a todo esto. –Qué voy yo a sabé, niña, de esa guaragua. Yo sólo sé que el hombre propone y la mujer dispone. Que la carne puede estar toda la vida en el garabato si no se tienta al gato”.

En tiempos más antiguos, Mateo Alemán en 1604 escribió Segunda Parte de la Vida de Guzmán de Alfarache. Atalaya de la Vida Humana, que en un fragmento dice: “Volvíme a retirar adentro y, parado a una puerta, consideraba: yo soy forastero. Esta señora tiene las prendas y partes que todo el mundo conoce. Pues a fe que no está la carne en el garabato por falta de gato. No es mujer ésta para no ser codiciada y muy servida”.

También, en 1627, Gonzalo Correas en Vocabulario de Refranes y Frases Proverbiales recogió una locución usada en aquellos años y que es muy similar a la que nos ocupa: “Estar con un ojo al plato y otro al gato”.

Otra curiosa expresión que se utilizó en la España medieval fue “tiene garabato”, que se decía de una dama que tenía un atractivo especial, quizá como metáfora de “un invisible gancho que jala a los hombres”.

Pero queda una duda: ¿cómo pasamos del concepto de gancho al de trazos irregulares? Bueno, eso podemos explicarlo por la escritura antigua, que se adornaba con muchos garabatos (ganchos). Cuando se exageraba en el adorno, era difícil de leer y entonces con sorna se decía: “estos son puros garabatos, ¿dónde están las letras?”. De ahí, con el tiempo, garabato pasaría a designar a esos trazos sin sentido, que recuerdan a un pequeño intentando escribir.

Ya ven, la popular frase “estar con un ojo al gato y otro al garabato” nos ha dado mucho de que hablar y además nos ha enseñado que, a veces, para encontrar el origen de las palabras hay que meterse hasta la cocina.


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